Sorprende que los dirigentes europeos cometan tantos errores a la hora de tomar decisiones. El último ha sido el anuncio de una incorporación acelerada de Ucrania a la Unión Europea (UE) sin que el país cumpla ninguna de las condiciones necesarias para ser miembro del club.
Al parecer esta disparatada idea forma parte del plan de paz para acabar con la guerra en Ucrania que Bruselas ha reformulado a partir de la iniciativa del presidente norteamericano, Donald Trump. El remake incluiría que Kiev no entrara en la OTAN, una limitación de sus fuerzas armadas, el despliegue en territorio ucraniano de un contingente militar europeo para contribuir a la defensa y seguridad del país, y lo que aún está en el aire es qué sucederá con el Donbás, al que Rusia no parece dispuesta a renunciar.
Poco más ha trascendido del mencionado plan, que arroja algunas incógnitas importantes ante iniciativas que parecen tomadas de forma poco reflexiva. Es cierto que la Comisión Europea continúa siendo demasiado propensa a dejarse llevar por los momentos de pánico, pero la pretensión de incluir a un nuevo miembro en la UE que no cumple ninguno de los requisitos es una insensatez con su propio manual de instrucciones.
En primer lugar, supone sentar un peligroso precedente ante futuras incorporaciones; en segundo lugar, un desprecio hacia Turquía, miembro de la OTAN, único aliado fiable que tenemos en esa privilegiada posición geoestratégica y país que lleva más de una década esperando su turno para sentarse en las instituciones europeas.
En tercer lugar, Ucrania aún está muy lejos de encontrarse mínimamente preparada para soportar el impacto que supondrá adaptar el ritmo de su economía al paso acelerado europeo. Si muchos Estados miembros de la Unión sudamos sangre para poder cumplir todos los requisitos impuestos por Bruselas y, aún así, muchas veces no llegamos a conseguirlo, imaginen qué le pasará a una economía como la ucraniana, hecha trizas por más de tres años de guerra, al igual que las infraestructuras del país y con un grado de corrupción política, económica y social que hace que nuestra clase política parezca honesta.
En cuarto lugar, en lo que respecta a los capítulos de democracia, Estado de Derecho y demás obligaciones que Bruselas exige a los candidatos, Kiev no cumple ni de lejos ninguna de ellas.
Incorporar a Ucrania a la carrera a la UE no es ni la solución ni necesario para alcanzar la paz con Rusia. Por el contrario, lo más probable es que terminara convirtiendo a la Unión en un problema para Ucrania y a Ucrania en un problema para Europa.
Tampoco parece demasiado brillante la idea de desplegar tropas europeas en territorio ucraniano tras la firma del acuerdo de paz. Vetar la entrada en la OTAN para luego meter a nuestros soldados y colocarlos cara a cara frente a los rusos, además de contradictorio, suena a la mejor forma de conseguir que todo salga mal y “contagiar” el conflicto a todo el continente. De querer dar este innecesario paso, sería más prudente que el contingente lo formen tropas de Naciones Unidas de otros países que sean totalmente ajenos al conflicto.
Los dirigentes europeos deberían estar menos preocupados por dejar su impronta en el plan de Trump para intentar transmitir la imagen de que pintan algo en unas negociaciones en las que la UE está siendo totalmente ignorada y dirigir sus esfuerzos a evitar lo que parece inevitable, que los ucranianos tengan que comprar la paz a cambio de territorio.
Permitir que Putin se quede con territorio invadido supone transmitir el mensaje de que la piratería internacional es un buen negocio.
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