Coincidiendo mañana con el cincuenta aniversario de la muerte del general Francisco Franco, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, volverá a sacarlo de su tumba en un nuevo intento de que el dictador le salve otra vez de la quema.
Sánchez se gastará más de 20 millones de euros de dinero público para festejar lo que desde Moncloa han titulado “50 años de España en libertad”, que se traducirá en un montón de actos, eventos, reportajes e informaciones pagadas a grandes medios de comunicación para contarnos lo malo que era Franco y seguir insinuando que la república española con la que acabaron los golpistas era una especie de paraíso de paz, progresía y bienestar. En realidad ya llevan toda la semana dando la matraca con esta memoria histórica selectiva.
No obstante, el “título” que el Gobierno le ha puesto a esta nueva huida hacia delante, “50 años de España en libertad”, merece una reflexión acerca del concepto mismo de “libertad” y un análisis para intentar determinar, tratando de sortear sesgos ideológicos, si en esta España de hoy, también de progresía y bienestar, se cumplen las premisas que nos permitan efectivamente decir que somos libres.
Empezando por lo básico ya la cosa se pone un poco chunga, porque la definición de “libertad” en el diccionario de la Real Academia de la Lengua (RAE) es “facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos”; en consecuencia “libre” significa que tiene facultad para obrar como prefiera, o bien no hacerlo.
Teniendo en cuenta que la mayor parte de lo legislado por el actual Gobierno “progresista” contiene un destacado número de prohibiciones, limitaciones y restricciones siempre inspiradas en la imposición de una ideología a través de la represión, parece que esa “facultad natural” a la que se refiere la RAE queda cada vez más constreñida. Hasta tal punto es así, que en el errático discurso de Sánchez, por una lado impone la prohibición legal de referirse al general Franco o a su dictadura si no es para ponerlos a parir, mientras por otro “celebra” su muerte hace medio siglo con fastos que nos impidan olvidarnos de alguien a quien ya habíamos olvidado; hasta los jóvenes que no sabían quién era Franco han empezado a verlo con buenos ojos. Gran estrategia, presidente.
Nuestra cada vez más limitada capacidad “de obrar de una manera o de otra, y de no obrar” incluye tu no derecho a odiar, a ser racista, a criticar la inmigración irregular, o a defender que existe un vínculo entre esta y las tasas de criminalidad, a dudar de conceptos oficialmente convertidos en dogmas, como la igualdad entre sexos, el cambio climático o la certeza, también impuesta, de que el concepto de “democracia” es el que determina el Gobierno y la correlativa obligación ciudadana de no cuestionar el carácter democrático de todo lo institucional en España.
Todas esas normas, nacidas a partir del interés en lograr un objetivo de imposición ideológica, confunden el derecho con su ejercicio. El primero, como facultad natural, ni tan siquiera puede reprimirse bajo amenaza de sanción; el segundo puede, y debe, limitarse para impedir que ese ejercicio lesione derechos de superior valor, que es algo que ya hacía con mucho acierto el legislador antes de que ese poder dejara de ser una herramienta para organizar la convivencia y se convirtiera en un instrumento para que el gobernante pudiera limitar libertades.
Otro aspecto importante a tener en cuenta es la creciente distancia entre libertad nominal y libertad real, porque la libertad de la que disfrutamos en el mundo real tiene cada vez menos que ver con el relato de los políticos.
En una España con niveles cada vez mayores de pobreza relativa y absoluta, con una imparable desigualdad económica, con el “derecho” a la vivienda convertido en un chiste de mal gusto, el concepto de empleo asimilado a subempleo y a precariedad, con nóminas tercermundistas gracias a la inflación y a una concentración de capitales de tal envergadura que especula a su antojo con el índice de precios de los bienes y servicios esenciales, pregúntese y respóndanse sinceramente, ¿cuántos de ustedes se sienten libres?
La libertad “de obrar de una manera o de otra” no existe si no llegas a fin de mes, si no tienes vivienda ni posibilidad de acceder a ella, si a pesar de tener empleo y nómina estás oficialmente bajo el umbral de la pobreza. No eres libre cuando tienes que comer peor para poder comer porque varios fondos de inversión han clavado sus zarpas en la media docena de grandes cadenas alimenticias, ni cuando tu libertad de movimientos aparece siempre coartada por tu economía. No eres libre si vives bajo el yugo de gobernantes corruptos.
Toda esta chorrada de la celebración del medio siglo de la España “en libertad” recuerda mucho más a un homenaje al anterior caudillo por parte del actual caudillo.
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