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Domingo, 9 de Noviembre de 2025
Por Fernando Madariaga

La verdad es que provoca cierta desesperanza, cuando no tristeza, ver que los libros que más interés han despertado este año entre la ciudadanía han sido los de Mar Flores, Isabel Preysler y, para rematar el trío calavera, el del rey sin mérito, que es el título que realmente merece.

Las historias que puedan contar las dos escritoras la verdad es que me importan un rábano, en realidad solo deberían interesar a los directamente afectados pues a quién más le importa con quién te acuestas, con quién te levantas o el por qué.

Pues lo cierto es que me equivocaba, no es así. A muchísima gente, tal vez a la mayoría, no le importa pero sí le interesa la vida privada de esos terceros a los que denominamos “famosos”, aunque ignoremos el origen de la “fama” de la mayor parte de ellos. No obstante, aunque me pese, debo admitir que la existencia de la mal llamada “prensa rosa” o “del corazón”, el éxito de los programas televisivos de esta catadura y el hecho de que revistas como “¡Hola!” sigan vendiéndose cada semana, en papel y con un número de lectores más que importante, demuestran que mi opinión es la minoritaria.

Además, el hecho de que publicaciones grandiosas de enorme calidad por cuya existencia dábamos gracias a Dios incluso los no creyentes -se me ocurre en este momento el semanario “Ahora”- hayan desaparecido arrastradas por el mundo digital y por el desinterés de la población, también me conduce inevitablemente a pensar que tenemos los periodistas, los medios de comunicación y los “escritores” que merecemos.

Sin embargo, que el rey sin mérito haga caja con un libro en el que cuenta como durante décadas le tomó el pelo, avergonzó y se carcajeó de todo el país, como español, sí me ofende. Que se defina como el rey que nos dio la democracia o que se defina como el artífice del actual sistema político es, sencillamente, mentira.

Como sabemos todos los que vivíamos entonces, la Transición la hicimos nosotros, dirigidos por un grupo de políticos que, a diferencia de los que han venido después, supieron apartar sus intereses personales y se aplicaron en construir un sistema político común mirando hacia el futuro. Si aquellos hombres se hubieran dedicado a exacerbar los rencores del pasado como hace ahora el Gobierno de Pedro Sánchez, es seguro que no estaríamos donde estamos hoy. Que Juan Carlos I se arrogue el éxito del trabajo de aquellos auténticos líderes es vergonzoso pero, desde luego, está a su altura.

Es cierto que mucha gente otorga a ese monarca un papel relevante como símbolo unificador durante el cambio de régimen y en el nacimiento de la democracia. Personalmente, creo que su papel fue irrelevante y que la tan repetida función de “símbolo unificador” se la inventaron los padres de la Constitución para darle algún sentido a una monarquía que, decidida unilateralmente por Francisco Franco, nacía vacía de contenido y de funciones. Los españoles aceptamos la democracia porque lo decidimos así y no gracias a la figura del rey. De hecho hoy incluso podemos afirmar que lo hicimos a pesar de ese rey.

También es falso lo que afirma en su libro de que “cuando el gobierno actual desacredita a mi persona, debilita nuestra Constitución, pone en duda los avances de la transición democrática y de nuestra reconciliación". Evidentemente no es Pedro Sánchez el culpable del vergonzoso periplo vital de Juan Carlos I, que ha sido quien realmente, con su actitud, ha debilitado la Constitución y puesto en riesgo la transición democrática, la reconciliación y, por supuesto, la credibilidad de la Jefatura del Estado. En cuanto a lo de que “desacredita a mi persona”, para eso no ha necesitado ayuda de nadie.

Sin embargo, sí reconozco a ese rey, cuya inapropiada conducta era de sobra conocida desde mi juventud, el haber logrado hacerme transitar de ser monárquico a convertirme en un convencido republicano. Eso sí que fue gracias a él.

Resulta curioso que muchos años después, ya casi en mi vejez, haya recorrido el camino inverso solo para dar por saco a este Gobierno y a sus socios secesionistas, convirtiéndome probablemente en el republicano más monárquico de España.


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