Hablar de bajada de pantalones de Ursula von der Leyen ante Donald Trump es quedarse muy corto, hay expresiones tan vulgares como explícitas para definir el lamentable espectáculo que la presidenta de la Comisión Europea interpretó ayer domingo en Washington.
Los mal llamados “líderes europeos” -ayer demostraron que ninguno lo es- cometieron todos los errores posibles en el trato con un chantajista y aceptaron con sumisión el pago exigido, sin pelear, sin ofrecer la más mínima resistencia, sin importarles hasta qué punto debilitaban a la UE en la esfera internacional y, sobre todo, sin importarles un comino la opinión de sus ciudadanos.
A nosotros no nos han preguntado si a la hora de enfrentarnos a este macarra internacional que es Donald Trump preferíamos barcos sin honra o bien honra sin barcos. Es obvio que Von der Leyen y los demás “líderes” sí que lo tienen claro y han elegido pagar al chantajista con nuestro dinero, aun conscientes de que tal muestra de debilidad será permanente y saldrá cara.
En realidad este es el segundo chantaje que los europeos pagamos a Trump, tras el papelón representado en la OTAN, cuando nos plegamos con servil sometimiento a la exigencia norteamericana de comprometernos a una factura en defensa que ni podemos ni queremos pagar. Sobre todo teniendo en cuenta que buena parte de ese 5% del PIB que nos hemos comprometido a gastar en defensa irá a la industria armamentística norteamericana.
Este pacto sellado con el presidente norteamericano por un “liderazgo” europeo al que nadie ha autorizado a aceptar un trato tan caro como humillante, es una rendición incondicional antes incluso de que suenen los tambores de guerra, aceptando todas las exigencias del presidente norteamericano sin siquiera responder con cláusulas espejo.
Lo poco que ha trascendido del acuerdo, porque nadie nos ha informado, es tan lesivo para Europa que resulta difícil creer que nuestros “líderes” sean leales a los intereses de la UE y a sus ciudadanos.
De la excesiva dependencia del barato gas ruso pasaremos a la dependencia del carísimo gas licuado de los Estados Unidos, aceptamos porque sí unos aranceles del 15% a casi todos los productos sin reciprocidad, y sin rechistar, también nos comprometemos a una milmillonaria inversión en el país que nos está extorsionando y, además, nos tendremos que gastar un dinero que no tenemos en comprar armas norteamericanas, lo que significa que perpetuaremos nuestra dependencia en materia de defensa.
Más pronto que tarde, alcanzar todos esos objetivos inasumibles hará necesario sacar el dinero que no tenemos del bolsillo de los ciudadanos. Todo porque nuestros “líderes” no quieren salir de su círculo de confort, de ese espacio de privilegios que todos pagamos y que podría verse alterado si el nuevo macarra del barrio se enfada.
El mundo puede continuar sin Estados Unidos pero Estados Unidos no puede continuar sin el mundo. Mientras no tengamos líderes que no se caguen en los pantalones cada vez que un matón les levanta la voz, seguiremos pagando. Porque lo que está claro es que este es solo el primer pago. Vista nuestra debilidad, el chantajista volverá a por más.
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