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Miércoles, 16 de Julio de 2025
Por Fernando Madariaga

Destacable el sobreactuado dramatismo con el que el Gobierno está llevando lo de la explosión de xenofobia en la provincia de Murcia con el fin de que los rollos de corrupción que afectan al PSOE y al presidente del Gobierno pasen a segunda fila.

A decir verdad, los fontaneros de Pedro Sánchez en La Moncloa están haciendo un buen trabajo, desde que se magnificó lo de Torre Pacheco se han interrumpido las entregas de esas grabaciones en los medios de comunicación que diariamente señalaban a altos cargos de la Administración socialista presuntamente pringados en asuntos de corrupción y se ha intensificado el discurso sobre la amenaza de una extrema derecha que crece en la sombra gracias a los bulos y a las redes sociales. Porque los que se autocalifican como “progresistas” siguen sin querer ver al rey desnudo, y se niegan a admitir que el resurgir del “fascio tenebroso” se nutre de los votos de un creciente número de ciudadanos cada vez más hartos de una forma de gobernar que recorta libertades a tanta velocidad como lo hizo el franquismo.

Resultaron cómicos los numerosos “programas especiales” de ayer por la noche en las televisiones privadas domesticadas sobre lo que sucedía en Torre Pacheco, las tertulias y debates en los que no se debatía nada porque solo admitían tertulianos que defendieran el discurso oficial del Gobierno, mientras en la cadena pública el expresidente Zapatero narraba las gestas de Pedro Sánchez al frente de un país que, desde luego, en nada se parecía a este en el que vivimos.

La orden era clara: los fascistas son como el Vietcong, están por todas partes, y existe un contubernio internacional ultra para acabar con este progresismo que cada día recuerda más al régimen soviético a la hora de imponer su ideología.

No obstante, hay que reconocer que, a pesar de todo, estos falsos progres tendrán razón y en un futuro próximo se producirán serios y crecientes problemas de convivencia con esa parte de la inmigración que, no solo se niega a respetar las normas del país que les recibe, sino que, en muchos casos, intenta imponer las del suyo de origen. Y ello sin pararse a pensar que si han tenido que escaparse de su propia nación es precisamente porque sus normas no funcionan.

Lo ocurrido en Murcia, a pesar de los sucesivos intentos de transmitir a la opinión pública que estábamos ante la edición española de Srebrenica, no llega siquiera a ser una algarada. Las televisiones hablan de una manifestación de un centenar de personas y de un despliegue de ciento cincuenta guardias civiles; en fin que cada “ultra” toca a guardia y pico. Lo que significa que lo de los partidos de fútbol con despliegues de más de mil policías para repeler a varios miles de ultras -que estos sí que lo son- durante las batallas campales en los alrededores de los estadios debería clasificarse como “guerra civil” y los asaltos masivos a las fronteras de Ceuta y Melilla serían una  “invasión” en toda regla. Puestos a dramatizar, juguemos todos con las mismas cartas.

Otro aspecto interesante de la descarada manipulación que están haciendo de los acontecimientos algunos de los grandes medios de comunicación es que los únicos “revoltosos” que aparecen en las imágenes son los españoles de origen, mientras atribuyen a la comunidad magrebí la condición de víctima o sujeto pasivo de un resultado que no se ha producido porque sí, ni por un acto aislado, sino por la acumulación de descontento y de problemas durante años.

Moncloa parece haberle comprado a esos periodistas, presentadores y  moderadores domesticados una recopilación de adjetivos calificativos para que puedan dejarnos claro a los estúpidos espectadores quién es el culpable y qué debemos pensar.

En cualquier caso, insisto, creo que no van a tener necesidad de magnificar durante demasiado tiempo lo que no ha sucedido aún. Terminará sucediendo y la progresía políticamente correcta, como dije antes, tendrá razón. El choque de civilizaciones pronosticado por Samuel Huntington terminará produciéndose. Es inevitable cuando un conjunto de personas procedente de otro país no están dispuestas a integrarse en la nación que les recibe y pretenden imponer su forma de vida, religión, costumbres o ideas a los nacionales del país receptor.

Alguna de las muchas tertulias domesticadas debería debatir sobre el por qué los problemas de convivencia se producen casi exclusivamente con magrebíes.

Tampoco estaría mal que, para llegar a conocer la realidad del problema, el Ministerio del Interior dejara de ocultar el origen de los autores de los delitos.


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