Fue sorprendente ver a Josep Borrell, alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad y vicepresidente de la Comisión Europea, reconvertido en una especie de Rambo de la política internacional, animando a los países comunitarios a pasarle sus buques de guerra por las narices a los chinos.
No hace falta ser un experto diplomático para saber que no es el momento de que los miembros de la UE, que nunca hemos destacado por nuestro arrojo, determinación y valentía, pongan a pasear sus barcos de guerra por el Estrecho de Taiwán.
Es cierto que, de acuerdo con la legalidad internacional, podemos tener derecho a hacerlo, pero también lo es que nunca lo hemos hecho, precisamente por no levantar tensiones con Beijing. Al menos hasta que el presidente Joe Biden decidió convertir a China en su nuevo enemigo y se puso a incrementar la tensión entre ambos, dando pequeños pasos que insinúan que, de facto, no va a seguir respetando el acuerdo aceptado por ambas partes de “Una sola China”, que incluye a la continental más Hong Kong, Macao y Taiwán.
Obviamente Borrell ha seguido obedientemente las órdenes de Washington y, del papel de blandito Doctor Jekyll que ejerció en las carteras ministeriales en gobiernos socialistas españoles, se ha transformado de sopetón en el actual Mr. Hyde belicista que anima a otros a tentar la suerte.
En eso, Borrell sí que es un auténtico político europeísta: a todos les resulta muy fácil mandar a otros a dejarse matar en conflictos que no tienen nada que ver con los que combaten en ellos.
Lo que ha hecho el representante de la política exterior comunitaria ha sido una irresponsabilidad y una estupidez. Con la invasión de Ucrania, la tensión internacional con Rusia y la intención occidental de desengancharse progresivamente de su dependencia comercial e industrial de China, lo único que no hace falta son más armas en zonas tan sensibles como el Estrecho de Taiwán.
Como bien dijo el presidente francés, Emmanuel Macron, no tenemos obligación de seguir a Estados Unidos en sus aventuras bélicas y, aun menos, morir por ellas.
Por suerte, hasta el momento nadie ha hecho caso a Borrell y, de nuevo, el proverbial principio de los gobiernos europeos de salvar primero el culo propio, se ha impuesto. En este caso, por suerte. Imaginen qué presidente español iba a repetir en el cargo si empezaran a llegarnos marineros muertos en el Estrecho de Taiwán.
Sin embargo, ahora mismo, entre las filas occidentales hay demasiados altos cargos tocando tambores de guerra, provocando al contrario, militarizando cada vez más zonas en las que los potenciales adversarios casi rozan ya sus bayonetas. Y nuestros "Rambos" saben que basta un error, un tropiezo, un disparo accidental para que se desencadene otro conflicto que tampoco es nuestro.
Y de nuevo, ninguno de esos "Rambos" combatirá en las guerras que están provocando.
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