Se veía venir que la pandemia también iba a ser utilizada como coartada para convertir la vacunación voluntaria en obligatoria a través de la técnica del fraude de ley, nombre que debería recibir el llamado “pasaporte sanitario” que se va abriendo camino entre unos líderes europeos cada día menos incómodos con el poder sin control que permite la situación de “emergencia”.
El planteamiento que los gobernantes parecen haber ordenado a los medios de comunicación en toda esta Europa perfectamente democrática, es que la vacuna no es obligatoria solo que quien no transija no será poseedor de ese documento que, a modo de salvoconducto, te franqueará el acceso a determinados lugares, eventos, servicios y, sobre todo, que te permitirá viajar.
Como cualquier fraude de ley, la ilegalidad precisa de una cobertura legal para que el efecto de violar una norma amparándose en otra tenga éxito. En este caso se apela a una especie de cóctel de argumentos en los que se esgrime desde la necesaria protección a la salud pública general y la obligación de todo ciudadano a no ponerla voluntariamente en peligro, hasta la solidaridad.
Técnicamente no se obliga a nadie, basta con discriminar a los que carecen de fe y apartarlos de la sociedad.
Obviamente, las prerrogativas que permitirá el “pasaporte sanitario” irán creciendo en la misma medida en que menguan los derechos de los disidentes. La idea de nuestros dirigentes es acabar con los “rebeldes” por asedio. Lástima que no tengan la misma firmeza con el puñado de delincuentes que está saqueando Barcelona en nombre de la libertad de expresión.
Sin contar con la falsa sensación de seguridad que van a provocar esos “pasaportes”, ya que ignoramos cuánto dura la inmunidad de las vacunas y su eficacia frente a las nuevas cepas que aparecerán, e incluso olvidando que esas vacunas no impiden el contagio ni curan la enfermedad, sino que convierten a los vacunados en potenciales asintomáticos que pueden contagiar a terceros, no queda claro si esa solución de ocultar bajo la alfombra lo barrido es la más acertada.
Por otro lado, y tal vez más grave, que los gobiernos occidentales saboreen las ventajas del poder despótico, el absolutismo sin control institucional y la excepción a la legalidad justificada por la actual emergencia sanitaria, puede convertir esta supuesta situación coyuntural en perpetua.
En el caso español, basta ver como el Gobierno sigue dándole dentelladas, ya sin disimulo alguno, a los principios constitucionales mientras un Pedro Sánchez cada vez más endiosado, aparece solo ante un micrófono para hacer largos soliloquios en los que relata las virtudes de nuestro perfecto paraíso democrático que él nos procura. Probablemente Nicolás Maduro o cualquier otro déspota bananero podría demandarle por plagio.
La Historia nos demuestra que, para gran parte de Europa, la dictadura no es algo desconocido ni casual. Gracias precisamente a esta pandemia, el sistema de libertades que teníamos asumido podría estar mutando a una nueva cepa que amenaza con convertir el absolutismo en un mal endémico para Occidente.
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