Para una vez que Pablo Iglesias dice algo con sentido común y que resulta tan obvio como evidente, se le echan encima todos los políticamente correctos no podemitas que hay en España. De hecho, son los mismos que hoy se rasgan las vestiduras, los que han torpedeado tanto la normalidad como la calidad de la democracia española.
Y, como tantas otras veces, lo de negarse a ver al rey desnudo -dicho sin doble intención- no va a convertir a España, ni en esa democracia ejemplar que no somos, ni en un Estado de derecho que, evidentemente, tampoco somos.
Es cierto que el vicepresidente Iglesias, como parte del problema y como elemento corruptor de los principios realmente democráticos, no es la persona más adecuada para crticar una obra de la que es coautor. No obstante, hay que reconocer que Podemos, que ha sido el último en llegar, ha sido el menos culpable de los culpables.
¿Cómo vamos a alardear de normalidad democrática en un sistema político que es estructuralmente corrupto?
La sucesión de asuntos judiciales, desde hace décadas, que implican a los dos principales partidos y/o a sus altos cargos, es prueba más que suficiente de que, lo mejor que puede hacer uno cuando tiene que callar es justamente eso, callarse.
Estamos en una democracia en la que resulta más que obvio que el Gobierno, dando igual su signo, no gobierna sin el permiso de un grupo de bancos, grandes empresas y fondos buitre. En la que presidentes y ministros se cuadran ante las cotizadas del Ibex-35 a riesgo de que les bloqueen la puerta giratoria y no puedan pasar de la comodidad del despacho oficial, a la nómina millonaria en esas mismas empresas como consejeros independientes o alguna chorrada similar.
Tenemos una democracia en la que, nos guste o no, como bien dijo Iglesias, el rey emérito está huido o, por lo menos, "semihuido". Y eso no es ni tan siquiera lo importante. Lo peor es que todos, empezando por la clase política, nos hemos hecho los sorprendidos por los tejemanejes reales cuando era vox populi desde los años ochenta.
España dista mucho, cada vez más, de ser una democracia de calidad porque nuestros políticos no son conscientes de su responsabilidad y entienden su empleo como una forma de obtener una calidad de vida privilegiada con poco esfuerzo.
La corrupción se está comiendo nuestra democracia porque el índice de corruptibles entre nuestras élites, no solo política sino también económica y financiera, es demasiado alto.
Pero hay algo que no debemos perder de vista: Toda esa gente,electos o no, son parte de la sociedad española, lo que apunta a que el índice de corruptibilidad en esta sociedad es similar al que hay entre sus élites.
Lo único positivo es que, a pesar de la cantidad de gente importante que hay en este país pretendiendo acabar con la democracia, resiste más o menos bien.
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