Era previsible que tanto a la Junta de Andalucía como al Ayuntamiento de Marbella les iban a entrar los nervios al ver cómo la caída del número de contagios corre paralela a la destrucción de la economía, y ya comienzan a bajar el nivel de exigencia sanitaria buscando la forma de ir retomando la actividad económica a pesar de que la situación sigue siendo pésima.
No es más que la repetición de lo que ya vivimos en verano y en Navidad, cuando fue precisamente el hoy alarmado Juan Manuel Moreno el que lideró desde el Gobierno andaluz esa desescalada con idea de poder sacarle a ambas fechas algo de beneficio.
En Marbella, el equipo de Gobierno de Ángeles Muñoz, al igual que todos los ayuntamientos que pudieron permitírselo, se animó para lograr lo que no era posible: convencer al turista de que, en medio de una pandemia, se podía hacer turismo seguro. La verdad es que, incluso a nivel nacional, se inventó casi de todo, estrategias, planes, tests previos y posteriores a los traslados, cuarentenas y hasta la sandez de los “certificados” que te debían garantizar que en esta playa o en aquel chiringuito no ibas a pillar el coronavirus.
El resultado de esas políticas de ciencia-ficción han sido los sucesivos rebrotes.
Sin embargo no se debe interpretar el que estemos a punto de volver a repetir la jugada como otro error. Tampoco lo fueron las dos veces anteriores.
Sencillamente, no hay otra opción, y seguiremos así hasta que lo de la vacuna sea una realidad colectiva. Todo ello contando con que funcione, que es algo que no sabemos por mucho que nos quieran vender la burra.
La verdad es que todos los representantes políticos, como ya dijimos en marzo, se enfrentan a una situación en la que solo pueden tomar dos decisiones: confinar a la población, como estamos fácticamente ahora, para evitar contagios, al precio de destruir aún más el tejido económico y el empleo. O bien, relajar las restricciones para reactivar en algo la actividad económica, conduciendo inevitablemente la situación a la siguiente oleada de contagios.
Pocos serán los que hoy quieran ponerse en la piel de quienes tienen que tomar esas decisiones.
Para los ciudadanos, las opciones no son mucho mejores: o pobres, o enfermos, o muertos. Pero, al menos, no recae sobre nuestros hombros la responsabilidad de sentenciar a nadie.
En consecuencia, volver a repetir la jugada de verano o Navidad, que hoy tienta a los políticos con mando en plaza, es fruto de la falta de opciones viables. No es un error. Probablemente solo sea inevitable.
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