Al visitar el Milton Palace, algunas de mis amistades me han llamado la atención sobre la necesidad de emplear más recursos en labores de mantenimiento y limpieza de las amplias instalaciones de mi vivienda.
Por supuesto, yo nunca les contradigo, aunque debo decirles que no tienen razón en absoluto. Probablemente yo sea el soltero heterosexual mayor de 50, grupo escaso pero poderoso, que más botes y cachivaches de limpieza tiene almacenados. Fíjense si tengo productos químicos para el hogar que anualmente recibo inspecciones sorpresa del personal de la ONU para garantizar el cumplimiento de la prohibición de fabricar, almacenar y/o vender armas químicas y cualesquiera otras de destrucción masiva. Evidentemente no me van a pillar nada, que yo no soy como Sadam Husein, que compraba marcas blancas y luego va y pasa lo que pasa.
Y aún les digo más, porque cuando adquiero productos de limpieza no lo hago pensando en su utilidad, sino en que el color de las etiquetas me haga juego con los que ya tengo en las repisas. El del videoclub me ha recomendado empezar a ordenarlos por orden alfabético e incluso por género, como las pelis: antical, desengrasantes, limpiacristales, thriller, terror, comedia, limpiahornos y así.
Hasta tengo algunas máquinas con las que no me aclaro y no sé si lo que hay en esa enorme caja de la cocina es una aspiradora para limpiar el polvo o si me la enviaron del sex shop. Evidentemente por error, porque yo no soy de ese tipo de hombre que acumula puntos en su tarjeta de comprador para ganar productos de tiendas guarrunas. Además, los que regalan son cosas siempre "made in China" y te puedes hacer un daño horrible. Lo sé porque lo he leído en internet, que a mí nunca me ha cogido un cacharro de esos por mi masculinidad en plan revirao y me lo ha dejado como si fuera el jabuguillo de un Click de Playmobil. Malditos comunistas, están por todas partes.
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