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Por Fin
Por Fin
Lunes, 15 de Agosto de 2022

Hoy se cumple una año del flagrante fracaso de Estados Unidos y la OTAN en Afganistán, con el espectáculo de la caótica retirada en el aeropuerto de Kabul siguiendo el habitual principio estratégico de “sálvese quien pueda” que caracteriza nuestras aventuras militares cuando las deciden los políticos.

Y en este vergonzante aniversario, muchos medios de comunicación no dejan de repetir la radicalidad del Emirato Islámico, la constante degradación de los derechos humanos y, especialmente, para las mujeres y los niños, que vuelven a la casilla de salida, cuando los talibanes impusieron la sharía -Ley Islámica- en los veinte años que gobernaron hasta la invasión norteamericana en diciembre de 2001.

En resumen que, de nuevo, nuestra estúpida manía de imponer la democracia a hostias ha fracasado y, al final, al igual que hicimos en Libia, Siria o Irak, dejamos a la población civil con una mano detrás y otra delante para que les vuelvan a dar por todos lados.

Lo curioso es que las presuntas democracias occidentales parecemos tener el termómetro del éxito atrofiado. Somos capaces de poner semblante de indignada corrección política cuando nos cuentan lo de Afganistán, pero seguimos estando ciegos para apreciar el lamentable estado de nuestras menguantes democracias.

No es cierto que los europeos vivamos en libertad en Estados regidos por la seguridad jurídica, la igualdad y el respeto a determinados derechos básicos, ni es cierto que participemos en las principales decisiones que afectan a nuestra existencia.

El carísimo entramado administrativo que son las instituciones de la Unión Europea (UE) no es democrático, jamás ha pretendido serlo. Es una oligarquía formada por funcionarios privilegiados y por políticos aparcados por sus respectivos partidos hasta que puedan recolocarles cuando el sentido del voto cambie en sus países. El Europarlamento, la Comisión y el Consejo Europeo son casi una plasmación gráfica de la decadencia del poder.

Que estos oligarcas impidieran que los europeos votaran la constitución de la UE porque ya los ciudadanos de dos países miembros habían dicho “no”, es la mejor prueba del carácter despótico de este pequeño círculo de privilegiados que intentan convencernos cada día de que ellos son Europa. Mienten, no lo son.

Y, en inevitable consecuencia, los Estados miembros somos democracias fallidas en diferentes grados. Los del sur, lo pobres del club, somos los que más asignaturas llevamos para septiembre y, tenemos que admitir que, en ese pelotón de los democráticamente torpes, España sigue despuntando con brillantez en las últimas legislaturas.

A todos nuestros gobiernos, tanto del PP como del PSOE, con o sin aliados, se les llena a diario la boca al hablar de democracia, libertades y derechos, de lo magníficos que somos y de lo bien que vivimos, mientras que los ciudadanos padecemos una corrupción institucionalizada a nivel político, hasta el punto de haberse convertido en, tal vez, el más importante pilar de esta opereta a la que los oligarcas de la política nacional insisten en calificar como democracia.

No es necesario entrar a enumerar las enormes deficiencias y casos de corrupción con el que no dejan de sorprendernos los representantes de nuestras instituciones, empezando por el que fuera jefe de Estado y continuando por los dos grandes partidos.

Baste decir que no es libre ni vive en un Estado de Derecho alguien obligado a pasar frío o calor por no poder pagar la energía, que ha de comprar alimentos malos porque el sueldo no da para más, alguien que, en definitiva, no vive en este país sino que sobrevive en él. Y ningún gobierno que lo permita es democrático.

Vale la pena tenerlo en cuenta cuando nos pongamos a dar lecciones a terceros.


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