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Jueves, 5 de Noviembre de 2026
Por Fernando Madariaga

Resulta extraño que Pedro Sánchez considere que el varapalo recibido por Donald Trump en las "midterms" norteamericanas puede producirse también en nuestras próximas generales con un vuelco de última hora en favor de los partidos de izquierdas.

Extraño por cuanto en la película que se ha inventado nuestro presidente se auto asimila al Partido Demócrata norteamericano mientras el PP y Vox representarían a los derrotados republicanos, si bien el guión de Sánchez no deja claro si el papel de Trump lo interpreta Feijoó o Abascal.

Lo curioso es que el inquilino de La Moncloa parece el único que no se percata de que Donald Trump es él y que la similitud de modos de actuar es de tal intensidad que resulta difícil saber quién imita a quién. Es cierto que reconocemos casi automáticamente el personaje original de sátrapa tirano en el presidente norteamericano, pero probablemente lo hacemos por tratarse del hombre más poderoso del mundo que, por tanto, puede permitirse mayores excesos que Sánchez; no obstante los de nuestro presidente han sido más prácticos y, sin duda, más inteligentes, dirigidos directa y únicamente a obtener siempre algún beneficio concreto.

Mientras tanto Donald Trump, incapaz de controlar su enfermizo ego, dilapida despotismo haciendo estupideces como redecorar la Casa Blanca al más puro estilo de narco cateto del Campo de Gibraltar, saturando de oropeles dorados hasta el último rincón de la histórica mansión; o la sandez aún mayor de echar abajo medio edificio para construir su ridículo y carísimo salón de baile.

Hay que reconocer que Pedro Sánchez no hace esas cosas. Imaginen lo que un Trump habría hecho con La Moncloa. Aunque infectado con el mismo virus del egocentrismo que inevitablemente afecta a todo autócrata, nuestro presidente solo confabula, conspira, miente, dilapida el dinero público y traiciona para obtener un beneficio concreto para sí mismo; entiende el poder como una propiedad personal que debe ejercer de forma absoluta, sin control por parte de nadie y sin rendir cuentas a nadie, razón por la que ha decapitado todas las instituciones públicas que tenían esa función colocando frente a ellas a personas que solo le deben lealtad a él. CIS, Fiscalía General, Tribunal Constitucional y tantas otras han sido reducidas a meras marionetas al servicio de su poder absoluto.

Y en ese punto sí es un fiel reflejo de Donald Trump, todos los déspotas lo son, aunque Sánchez es más peligroso al tratarse de un ególatra enfermizo que finge con maestría. Son los mismos modos de Trump pero no las mismas formas. Es evidente que el presidente de los Estados Unidos no está bien de la cabeza, en el caso de Sánchez no resulta obvio.

Sin embargo, el resultado de la gestión de ambos discurre por la misma línea: En el caso de Donald Trump han sido sus excesos despóticos, autoritarismo y nepotismo los que han llevado a los votantes a retirarle su confianza y entregar ahora buena parte del poder al Partido Demócrata. De la misma forma, es Sánchez el que lleva ocho años haciéndole la campaña electoral tanto al PP como a Vox, que no han tenido que hacer nada en absoluto -y tal vez sea mejor así- para ganar intención de voto.

En democracia los dictadores duran tanto como la capacidad que tengan de no parecerlo pero, como cualquier régimen construido sobre mentiras, son efímeros.

Es posible, como reza el último mantra electoral del PSOE, que no todos los políticos sean iguales, pero también es cierto que algunos se parecen muchísimo.


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