¿Y si las sucesivas meteduras de pata de Donald Trump en asuntos internacionales no fueran simple incompetencia?
Aunque el presidente norteamericano insiste en autoelogiarse por sus sucesivos e increíbles éxitos en materia internacional, la mayor parte del planeta que no padece de un ego enfermizo, ve con mucho escepticismo el panorama mundial que dejará cuando abandone la Casa Blanca.
Lo de ir asesinando a aquellos jefes de Estado o de Gobierno que no le caen bien siempre ha sido un sello de la política exterior norteamericana, aunque antes de Trump intentaban ser algo más sutiles, fingiendo un accidente, un problema de salud o provocando un golpe de Estado para que, cuando menos, pareciera que los nacionales tenían cierta voz en su propio país.
Con Donald Trump las normas han cambiado, al menos para Estados Unidos. El presidente se jacta de ir asesinando o secuestrando a gente porque sí: Nicolás Maduro por dictador, Alí Jamenei por musulmán nuclearizado y ahora amenaza al liderazgo cubano advirtiendo de que sus barcos harán una parada cuando terminen el trabajo en el estrecho de Ormuz, aunque no resulte sencillo saber cuándo sucederá esto.
Porque a pesar de que el presidente norteamericano ha declarado la victoria sobre Irán media docena de veces, todos sabemos que no va ganar ese conflicto y que la poderosa maquinaria militar de EEUU saldrá a la carrera de la región al igual que lo hizo de Afganistán y de Irak.
De la misma forma, lo de Venezuela es pan para hoy y hambre para mañana. Estar esquilmando impunemente los recursos petroleros del país es algo que no se va a prolongar eternamente, porque sustituir a un dictador por otro y mantener el régimen con vida mientras se deje robar no va a ser soportado indefinidamente por la población.
Igualmente, lo de Cuba está por ver, aunque hay que reconocer que resultaría la ilegalidad internacional cometida por Trump menos inviable habida cuenta de la cercanía geográfica entre ambas partes, desembarcar en Cuba no tiene nada que ver con hacerlo en las costas iraníes.
A este triplete de desatinos hay que sumarle la cooperación necesaria con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en el genocidio de Gaza, sin que valga la pena tomarse en serio la estúpida idea de levantar un resort turístico de lujo sobre los cadáveres de los 70.000 palestinos asesinados.
Sin embargo, ¿y si no es torpeza o megalomanía? ¿y si se trata simplemente de pasta? Las petroleras norteamericanas son grandes financiadoras del Partido Republicano y tratan con especial mimo al presidente que más se está preocupando de enriquecerlas de forma aún más desmesurada de lo habitual. Mientras se llevan de Venezuela todo el petróleo que pueden, como ya ha reconocido el mismo Donald Trump, la incertidumbre en Ormuz y en el estrecho de Bab al-Mandeb mantienen el barril en récords históricos y, en consecuencia, los combustibles con precios disparados. Una tormenta perfecta para aquellos que tengan inversiones en el sector, entre los que se encuentra, evidentemente, el presidente norteamericano.
Casi todos sabemos que Estados Unidos no ganará en Irán y que no podrá perpetuarse en Venezuela ni aún haciendo asesinar también a la la recién llegada líder opositora, María Corina Machado; Cuba no es rica en recursos naturales y lo que queda de Gaza ni cuenta.
¿Y si esto solo va de estrujar un poco más a la agotada población mundial para sacarle unos céntimos extra por cada litro de gasolina al menos durante el tiempo que sigamos aguantando sin rebelarnos?
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