No van a funcionar. Las medidas que está aprobando el Gobierno para frenar la inflación y compensar la pérdida de poder adquisitivo de los ciudadanos no van a funcionar. De hecho, hasta ahora solo han servido para encarecer aún más los precios de lo más básico.
El problema es que el presidente Pedro Sánchez continúa cumpliendo a pies juntillas su manual económico de la izquierda histórica, salteado con algo de las fallidas recetas soviéticas de los años 50 y 60 en la materia.
Hoy por hoy, atendiendo al volumen y a la velocidad de todo lo relacionado con la economía y las finanzas, esas recetas decimonónicas no llegan siquiera a ser un parche ante el problema a resolver.
Los céntimos de ayudas públicas por litro de combustible, el tope al precio del gas, la bajada del IVA en la factura eléctrica, los 400 euros de subsistencia o los últimos 200 de porque sí, solo han contribuido a que gasolineras, distribuidores, o grandes petroleras -nadie reconoce nunca estar haciéndose de oro a costa de los demás- se embolsen ese dinero subiendo el precio del litro en pocos días en más de la cantidad subvencionada por el Gobierno. Luz y gas han hecho lo propio, y aumentan sus precios en tiempo récord para anular cualquier medida pública que suponga menos beneficios y aflojar la soga económica al cuello del ciudadano.
En cuanto a las entregas directas de dinero a la gente que tanto gustan al PSOE en la estúpida creencia de que esa fórmula todavía sirve para comprar votos -parece mentira que no hayan aprendido después de las elecciones andaluzas-, están siendo rápidamente anuladas por las paralelas subidas de los precios de los productos y servicios más básicos.
Y todos esos parches tienen algo más en común: están suponiendo un gigantesco endeudamiento del Estado que tardaremos muchísimas generaciones en pagar, si es que lo logramos.
A esto sumamos la falta de ejecución del famoso dinero procedente de la UE. El personalismo de Pedro Sánchez está obstaculizando la descentralización de las inversiones en proyectos que deberían ejecutar autonomías y ayuntamientos. En resumen, se da dinero solo a quien dice el Gobierno central que, obviamente, no tiene capacidad para ejecutar los fondos, lo que obligará a devolver a Bruselas gran parte de ese dinero no gastado cuando se acabe el plazo.
A ese perfecto cóctel de incompetencia, sumemos la temporada de escaladas de tipos que los bancos centrales acaban de inaugurar, una deuda pública del 120% del PIB y unas agencias de calificación que ya están afilando sus sables con las subidas de las primas de riesgo.
Es cierto que también está la guerra en Ucrania pero ese no ha sido el detonante. Inflación, energía y combustibles empezaron a dispararse bastante antes de la invasión rusa que ha sido solo una circunstancia más de esa tormenta perfecta. A pesar de la insistencia de Sánchez, Putin no es culpable de todo.
No van a funcionar. Las medidas que está aprobando el Gobierno para frenar la inflación y compensar la pérdida de poder adquisitivo de los ciudadanos no van a funcionar. De hecho, hasta ahora solo han servido para encarecer aún más los precios de lo más básico.
El problema es que el presidente Pedro Sánchez continúa cumpliendo a pies juntillas su manual económico de la izquierda histórica, salteado con algo de las fallidas recetas soviéticas de los años 50 y 60 en la materia.
Hoy por hoy, atendiendo al volumen y a la velocidad de todo lo relacionado con la economía y las finanzas, esas recetas decimonónicas no llegan siquiera a ser un parche ante el problema a resolver.
Los céntimos de ayudas públicas por litro de combustible, el tope al precio del gas, la bajada del IVA en la factura eléctrica, los 400 euros de subsistencia o los últimos 200 de porque sí, solo han contribuido a que gasolineras, distribuidores, o grandes petroleras -nadie reconoce nunca estar haciéndose de oro a costa de los demás- se embolsen ese dinero subiendo el precio del litro en pocos días en más de la cantidad subvencionada por el Gobierno. Luz y gas han hecho lo propio, y aumentan sus precios en tiempo récord para anular cualquier medida pública que suponga menos beneficios y aflojar la soga económica del cuello del ciudadano.
En cuanto a las entregas directas de dinero a la gente que tanto gustan al PSOE en la estúpida creencia de que esa fórmula todavía sirve para comprar votos -parece mentira que no hayan aprendido después de las elecciones andaluzas-, están siendo rápidamente anuladas por las paralelas subidas de los precios de los productos y servicios más básicos.
Y todos esos parches tienen algo más en común: están suponiendo un gigantesco endeudamiento del Estado que tardaremos muchísimas generaciones en pagar, si es que lo logramos.
A esto sumamos la falta de ejecución del famoso dinero procedente de la UE. El personalismo de Pedro Sánchez está obstaculizando la descentralización de las inversiones en proyectos que deberían ejecutar autonomías y ayuntamientos. En resumen, se da dinero solo a quien dice el Gobierno central que, obviamente, no tiene capacidad para ejecutar los fondos, lo que obligará a devolver a Bruselas gran parte de ese dinero no gastado cuando se acabe el plazo.
A ese perfecto cóctel de incompetencia, sumemos la temporada de escaladas de tipos que los bancos centrales acaban de inaugurar, una deuda pública del 120% del PIB y unas agencias de calificación que ya están afilando sus sables con las subidas de las primas de riesgo.
Es cierto que también está la guerra en Ucrania pero ese no ha sido el detonante. Inflación, energía y combustibles empezaron a dispararse bastante antes de la invasión rusa que ha sido, en realidad, un factor más que ha agravado y acelerado el proceso. Por mucho que Sánchez insista, no todo es culpa de Putin.
Las medidas que está tomando el Gobierno no están pensadas con finalidad económica sino electoral y no servirán para ninguno de los dos fines pretendidos: ni ayudarán a las familias ni comprarán sus votos.
un factor más que ha agravado y acelerado el proceso. Por mucho que Sánchez insista, no todo es culpa de Putin.
Las medidas que está tomando el Gobierno no están pensadas con finalidad económica sino electoral y no servirán para ninguno de los dos fines pretendidos: ni ayudarán a las familias ni comprarán sus votos.
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