Al igual que la pandemia ha servido y está sirviendo para que los excesos del poder público y del poder privado sean mayores y que se apele a la solidaridad del ciudadano para soportarlos con mansedumbre, la invasión de Ucrania está siendo utilizada con ese mismo sentido de oportunidad para plantear alegremente alternativas que nos pueden conducir a la total destrucción.
En ese cúmulo de sandeces que ambas partes estamos esgrimiendo para justificar nuestras respectivas cruzadas, con manipulaciones totales, manifiestas y burdas de la mayor parte de la información que tanto Rusia como Ucrania y Occidente facilitan a los ciudadanos, la primera que vale la pena poner en su lugar es la relativa a la reiterada petición del presidente Zelensky de que la OTAN establezca la exclusión del espacio aéreo ucraniano.
Por suerte, la Alianza ha dicho que no. Al menos hasta el momento.
Pero lo más sorprendente es que esa posibilidad llegue siquiera a sugerirse o a tomarse en consideración, pues tamaña estupidez significaría inevitablemente el comienzo de la tercera guerra mundial en el momento en que alguien derribara un avión del otro bando. Además de ser ilegal: la OTAN no puede declarar la exclusión del espacio aéreo de un país soberano que no pertenece a la Alianza. Eso solo puede hacerlo el gobierno de Kiev, aunque le iba a dar igual porque no tiene capacidad militar para imponer ese bloqueo.
Conectada con esta primera lección de necedad estratégica está la segunda, en este caso una lección de idiotez táctica, que consiste en que se esté planteando enviar viejos cazas soviéticos de Polonia a Ucrania para acabar con el dominio aéreo ruso.
Simplemente no se puede hacer. Los aviones tendrían que ser desmontados en Polonia y cruzados por piezas por una frontera estrechamente vigilada por los satélites rusos, para luego ser ensamblados de nuevo en alguna base aérea ucraniana sin que los rusos se enterasen. Sería algo así como colar un elefante en un Seat Panda y esperar que el conductor no se dé cuenta.
Por otro lado y aún realizando ese milagro, con el potencial aéreo y antiaéreo ruso, los ucranianos solo conseguirían que les mataran a sus pilotos.
Que nadie se plantee que los cazas lleguen por el aire desde espacio aéreo de la OTAN por razones obvias.
Luego están las sanciones a Rusia, algunas de ellas de legalidad manifiestamente cuestionable, como la de retener, intervenir o incautar propiedades de ciudadanos rusos por tener pasta y/o ser amigos de Putin. Todo ello sin la más mínima intervención judicial, sin acusación ante un tribunal y, por supuesto, sin que el perjudicado pueda defenderse. Mafiosos confesos, narcos, asesinos múltiples o terroristas de cualquier especie tienen más garantías. Todo ello mientras insistimos en lo de que somos los buenos, las democracias, el reino de las libertades y los derechos. Para nota.
Sin comentario sobre lo de prohibir las manifestaciones culturales y artísticas protagonizadas por ciudadanos o colectivos rusos, sin duda la representación mas genuina de nuestra propia incultura. Ahora nos falta prohibir que se lea a Dostoyevski, Tolstói, Pushkin, Chéjov y a los demás grandes de la literatura rusa. Hasta podríamos hacer piras con sus libros en las principales capitales occidentales, no sería la primera vez.
En Europa, el poder económico que financia al poder político, no solo ha logrado convertirnos a los ciudadanos en una manada de borregos sumisos, sino también en un puñado de catetos.
Igualmente, la parte rusa está haciendo sus trastadas, realizando su campaña de desinformación y propaganda, cometiendo los habituales excesos de la guerra y también enormes estupideces, algunas propias de Gila, como la de la inmensa columna de blindados que se quedó sin gasolina a 20 kilometros de Kiev. Pero pretender consolarnos con el argumento de que el enemigo es más brutal o más tonto que nosotros, es de necios.
Si nos portamos como ellos, si somos como ellos, dará igual que Ucrania esté con Occidente o con Rusia.
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