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Por Fin
Domingo, 6 de Marzo de 2022

Como bien dijo Jack el Destripador, vayamos por partes. El hecho de que Rusia haya invadido ilegalmente Ucrania no legitima a Europa, a Occidente en realidad, a saltarse los principios que justifican su propia existencia, censurando a medios de comunicación o a determinadas actividades culturales y artísticas solo por la bandera que les da cobertura.

Que la Unión Europea (UE) bloquee a medios de comunicación públicos rusos solo porque Bruselas o Washington consideren que “desinforman” es, sino ilegal, sí contrario a los principios que decimos defender desde la Europa. Expulsar al ballet Bolshói o a cualquier otra expresión artística y cultural de los circuitos europeos solo por ser rusos, no solo es una inmoralidad contraria a ese "paraíso" democrático de derechos y libertades que tanto vendemos, sino, y tal vez sobre todo, una muestra de “catetismo” y de incultura que deja en evidencia a todas las instituciones europeas. Que el Bolshói actúe en el Teatro Real no significa que los bailarines apoyen la invasión de Ucrania y sí traslada al pueblo ruso la percepción de que Europa no tiene nada contra ellos sino únicamente contra la forma de actuar de su principal gobernante.

Y no menos indecente es lo de bloquear a los medios de comunicación públicos del Kremlin, a pesar de que, sin duda, desinforman. Al igual que lo hacen los nuestros, con la diferencia de que la mayoría de nuestros grandes medios de comunicación no son públicos y a pesar también de que muchos de ellos, demostrando una incompetencia que les habilita para dedicarse a la política, ni tan siquiera sean conscientes de que forman parte de las mismas herramientas de desinformación con las que estamos combatiendo la desinformación de Moscú.

Los ciudadanos europeos, si realmente somos libres, tenemos el derecho a “desinformarnos”. A acceder a todas las informaciones para, libremente, formarnos nuestra propia opinión. Sea o no la correcta. Antes lo llamábamos libre albedrío, aunque dentro de poco los "grandes demócratas" lo calificarán como disidencia.

Es el ciudadano el que ha de hacer el esfuerzo intelectual para discernir. Es el ciudadano al que corresponde el “trabajo” de recopilar datos para luego formar su propio criterio. Si no hace ese “trabajo” no tiene derecho a criterio y, como sucede ahora mismo en casi todo el planeta, su lugar está en el rebaño.

En el cada vez más dictatorial “frente occidental” nuestros gobernantes discriminan, como en cualquier dictadura, lo que es la “buena información” de la que no lo es, coincidiendo siempre esa información permitida por el régimen con la opinión del régimen.

Cuidado con esa perspectiva que ya nos ha conducido a dos guerras mundiales, intentemos que no nos lleve a la tercera.


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