En el momento de escribir este editorial, Blinken y Lavrov siguen sentados en ese hotel de Ginebra intentando llegar a un acuerdo que parece imposible por unas exigencias rusas inasumibles y una innecesaria actitud hostil y provocadora por parte de Estados Unidos, de la OTAN y de la Unión Europea.
No obstante, la línea oficial seguida por todos los países occidentales, cuyos grandes medios de comunicación son cada día más obedientes en la defensa de los dogmas establecidos desde el poder, de ponernos gallitos lanzando a Moscú constantes amenazas sobre las sanciones que, como castigos bíblicos, diezmarán la economía rusa, resultan tan gratuitas como ineficaces.
A Vladimir Putin le importa un rábano hacer pasar hambre o frío a su pueblo, lo que no se puede permitir es seguir perdiendo área de influencia en beneficio de Occidente.
Con la llamada “revolución naranja” de 2004 en Ucrania, cogimos a los rusos con los pantalones bajados. Nos devolvieron el golpe invadiendo Crimea en 2014. Algo inevitable al ser la base de la Flota del Mar Negro.
Ahora parecemos querer propinar un contragolpe acercando a Kiev a la esfera occidental y a la OTAN, lo cual es una peligrosa torpeza que podría ser origen de un conflicto mayor. Como ya hemos defendido anteriormente, el sentido común invita a crear una zona de seguridad neutral que separe ambos bloques para evitar que un simple accidente pueda convertirse en el inicio de una catástrofe.
Por otro lado, tanto la Alianza como la UE sacan pecho únicamente porque Estados Unidos, el hermano mayor en temas de seguridad, está en el ajo.
La realidad es que la OTAN sin Estados Unidos tiene una eficacia más que limitada, sobre todo frente a un enemigo de gran tamaño. En cuanto a la UE, la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, advertía ayer a Rusia de que, mejor por las buenas, pero que si lo quieren por las malas, “estamos preparados”.
Mentira, no lo estamos.
No fuimos capaces de coordinarnos para evacuar Afganistán y salimos a la carrera con el rabo entre las piernas utilizando la famosa estrategia occidental de “sálvese quien pueda”. Pensar que estamos ahora preparados para enfrentarnos a Rusia no llega siquiera a ser una estupidez. No solo militarmente, el 40% del gas que consume Europa es ruso, el 100% en el caso de muchos países del norte. Los europeos somos demasiado débiles y egoístas, estamos demasiado acomodados para sacrificar algo de ese confort por Ucrania.
Y, finalmente, lo que es más importante: si, como estamos haciendo, seguimos empujando a Ucrania a plantar cara a las tropas rusas, animándoles a una resistencia suicida con la promesa de más ayuda militar y económica para Kiev, solo conseguiremos que un montón de miles de soldados ucranianos y rusos se dejen matar para nada.
Europeos y norteamericanos no vamos a intervenir militarmente y, cuando la cosa se ponga más difícil, abandonaremos a su suerte a los ucranianos, incluso económicamente, como hicimos con los afganos y con los libios.
Nuestros gobernantes, tan débiles y egoístas como nosotros, sus votantes, no están dispuestos a que un puñado de soldados muertos en un frío país del norte, que muchos no saben ni situar sobre el mapa, les fastidie la reelección.
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