Dada la histórica y manifiesta incapacidad de las Naciones Unidas para hacer su trabajo y mediar en la prevención y resolución de conflictos entre países, resulta evidente que tendremos que hacer algo para rebajar la tensión en la frontera entre Rusia y Ucrania antes de que volvamos a fastidiarla.
La actual dinámica de que sean las amenazas y el hacerse el duro las principales pautas de la negociación entre Rusia, Estados Unidos y la OTAN, como siempre con un papel reducido por los norteamericanos, no puede conducir a nada bueno.
Con unos 100.000 soldados rusos a un lado de la frontera y otras cuantas decenas de miles de militares ucranianos al otro lado, con todos ellos armados hasta los dientes y con la tensión creciente ante una posible invasión que se espera en enero, basta con que a alguien se le escape un tiro para que se líe la mundial, la tercera para ser más concretos.
Putin no se va a arrugar, es el que menos tiene que perder, y le importa un rábano que le maten a unos cuantos miles de soldados. De producirse la invasión, Ucrania será la gran derrotada, sus bajas serían considerables y, sin duda, sería invadida.
Estados Unidos impondría sus sanciones económicas y no se jugaría la vida de un solo marine por un país que la mayoría de los norteamericanos no sabe situar sobre el mapa.
La OTAN y Europa harían lo que mejor sabe hacer: nada. Ningún gobierno de un país europeo, miembro o no de la Alianza, está dispuesto a perder unas elecciones por devolver los cuerpos de sus militares en bolsas de plástico.
Si no fuimos capaces de ponernos de acuerdo para realizar las evacuaciones desde Kabul, imaginen el desastre que supondría un conflicto bélico.
Lo que parece más coherente es la creación de una zona que actúe como un airbag. Una línea de países militarmente neutrales que separen físicamente a Rusia de la OTAN y de Europa, reduciendo así considerablemente la posibilidad de futuras fricciones o de cualquier clase de fatal accidente.
Geográficamente, lo más lógico sería que ese airbag estuviera formado por Estonia, Letonia, Lituania, Bielorrusia, Ucrania, Georgia y Azerbaiyán.
Una separación física de miles de kilómetros que iría del Mar Báltico al Caspio que solo funcionará si Rusia y Occidente se comprometen a respetar la neutralidad militar de la zona, sin inmiscuirse ni intentar influir en los gobiernos de esos estados que, además, tendrían que realizar un papel de "policía" fronteriza; una especie de "cascos azules" pero dentro de sus propios países, verificando el cumplimiento de los compromisos de ambos bloques, utilizando para ello sus fuerzas armadas. De ahí la necesidad de que sean militarmente neutrales y soberanos.
No es fácil, un acuerdo así requiere compromisos que ninguno de los dos bloques, en principio, aceptará. Para Occidente significa renunciar a la expansión de la OTAN hacia el este y para Rusia supone lo mismo sobre Bielorrusia, Ucrania y los otros países a los que Moscú quiere tener como satélites.
Pero la otra opción, la de esperar a ver quién provoca el desastre, que es a lo que estamos jugando ahora, es peor.
Comentarios potenciados por CComment