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Domingo, 12 de Septiembre de 2021

Del lamentable ridículo que han hecho los diferentes ministerios y todos los colectivos subvencionados con dinero público, que precisan que exista el problema para seguir parasitando de los impuestos de todos, podemos sacar algunas lecciones constructivas a la luz del montaje de “agresión homófoba” al joven de Malasaña.

Quizá un buen comienzo podría ser preguntarnos qué lleva a un veinteañero a someterse voluntariamente a prácticas sadomasoquistas que le provocan importante lesiones físicas. Analizar el modelo de educación que estamos dando a niños y jóvenes españoles parece un punto de partida lógico.

Por suerte para la policía, una de las muchas virtudes que seguro tiene el “agredido” no es su capacidad para montar trolas creíbles, así que no resultó demasiado complejo que confesara la verdad. Realmente, pensar que ocho encapuchados, a plena luz del día, iban a atacar al chico por un rollo homófobo, no llega a ser creíble ni como guión para la decimonovena entrega de “Rambo”. En fin, el muchacho, como político, poco futuro iba a tener.

Y hablando de políticos, otra lección importante a extraer de esto es la necesidad de que ministros y otros representantes públicos intenten ser algo prudentes -al menos algo- a la hora de ponerse ante las cámaras a largar sandeces sin tener ni idea de lo que ha sucedido. El riesgo, como demuestran los acontecimientos, es el ridículo y, el lado positivo, la resiliencia que han demostrado varios bocazas ministeriales para soportar ese ridículo sin dimitir y sin ver afectada su dignidad.

Excesivo parece que se exija la renuncia del titular del Interior, Fernando Grande-Marlaska, por este asunto cuando se le han permitido excesos como la caótica gestión de la inmigración ilegal o pagar el alquiler de Pedro Sánchez en La Moncloa con el acercamiento de presos terroristas a cárceles del País Vasco.

En cuanto a todos los colectivos que han surgido al calor de los fondos públicos que con tanta alegría reparten varios ministerios siempre que su visión del mundo coincida con la de la falsa progresía del Gobierno, hay que admitir que lo de rasgarse las vestiduras sin saber por qué lo hacen, es totalmente comprensible: al fin y al cabo, solo podrán parasitar del dinero de los contribuyentes si existe el problema pues si no existe, como en el caso que nos ocupa, hay que hacerlo a la napolitana, creando la tragedia para vivirla.

Finalmente, otra lección que podemos extraer de esta sucesión de meteduras de pata es la de preguntarnos la naturaleza de los mal llamados "delitos de odio". Si es posible "prohibir" odiar, e incluso si es constitucional.

Porque el resto, la sanción por el uso de la violencia contra quien sea por el motivo que sea, ya estaba previsto en el Código Penal sin necesidad de crear víctimas VIP, discriminando al que sufre un delito dependiendo de su sexo o de con quién se acuesta.


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