Aunque los diferentes gobiernos implicados repitan una y otra vez el enorme esfuerzo que se está realizando para cumplir el plan de evacuación en el aeropuerto de Kabul, lo cierto es que se trata de una chapuza de dimensiones históricas en la que otra coalición militar occidental vuelve a demostrar que seguimos funcionando en base a los principios de sálvese quien pueda y como pueda.
El problema es que tanta torpeza empieza a oler a tragedia y es más que probable que termine en desastre: Miles de civiles desesperados mezclados con soldados de diferentes países occidentales y con milicianos talibanes, todos fuertemente armados y con rencores acumulados desde hace 20 años, ¿qué puede salir mal?
La propuesta de la ministra de Defensa, Margarita Robles, de que los afganos agiten algo con los colores de la bandera de España a modo de hinchada futbolera para poder identificarlos, es una sandez solo útil para hacernos idea del grado de improvisación con el que se están realizando las evacuaciones.
Es necesario organizar a los civiles que rodean el aeropuerto y esto no se logrará sin que los talibanes dejen de estorbar y de obstaculizar el proceso. Para lograrlo necesitamos la colaboración china, país al que el nuevo régimen de Kabul tiene como amigo y aliado, y que ha prometido cuantiosas inversiones en el Afganistán de los talibanes.
Por mucho que sea una bofetada sin manos para Occidente, habría que pedir a Pekín alrededor de un millar de soldados para que aseguren la llamada Carretera del Aeropuerto, al menos desde la rotonda donde se encuentra el Ministerio de Asuntos Exteriores hasta la terminal aeroportuaria, separadas por poco más de 800 metros.
Los talibanes no supondrán una amenaza para los soldados chinos, que serían los únicos encargados de garantizar la seguridad en los controles que se establecerían en esa rotonda donde se encuentra el ministerio para identificar a los afganos a los que se debe autorizar el paso a la terminal.
Evidentemente, es preciso contar con el compromiso talibán de que se permitirá el libre acceso hasta la zona para que funcione el plan y China es uno de los pocos países que puede arrancarles ese compromiso.
Los militares occidentales no saldrían del aeropuerto en ningún momento y no habría talibanes en esos 800 y pocos metros donde los militares chinos serían los únicos elementos armados.
Básicamente los soldados chinos cumplirían una misión de separación, de air-bag entre soldados occidentales y milicianos talibanes, para evitar lo que finalmente sucederá si se sigue actuando con el caos y la precipitación de la que están haciendo gala los norteamericanos.
Obviamente, Joe Biden no va a bajarse los pantalones de forma tan humillante ante el primer ministro chino, Xi Jinping, pero como algún genio del Pentágono o del Departamento de Estado de los EEUU no tenga una idea mejor para rebajar la tensión en los alrededores del aeropuerto de Kabul, la tragedia está garantizada.
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