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Sábado, 3 de Julio de 2021

A veces, por obvio, da vergüenza levantar el dedo para preguntar. Sobre todo en estos días y en relación con la pandemia, cuando expresar cualquier duda sobre lo que estamos haciendo te puede condenar directamente a la pena de silencio junto a gente como Miguel Bosé o Victoria Abril, que han pasado en un instante de estar entre los “guays” y “progres” del país a ser “negacionistas”.

Sin embargo, la tozudez del sentido común obliga a cualquiera que esté dispuesto a alzar ese dedo, a hacerse múltiples preguntas que, en definitiva, concluyen en una sola duda: ¿A qué estamos jugando?

Con una incidencia de contagios disparada, con la creciente dominante de la famosa variante India, aquellos a los que aún les quede algo de ese escaso sentido común a pesar de que intenten disimularlo para no ser criminalizados, se preguntarán por qué animar a la vacunación de los jóvenes es la mejor respuesta a los desmanes de un grupo de irresponsables y de insolidarios.

Jóvenes, padres, autoridades públicas y Fuerzas de Seguridad del Estado, son corresponsables de muchos de los cadáveres que aún enterraremos, fruto de botellones incontrolados, fiestas multitudinarias y viajes de fin de curso.

Los primeros por la total ausencia de solidaridad que demuestran al estar dispuestos, conscientemente, a convertirse en contagiadores de sus familias y de otros mayores solo porque se saben casi inmunes a los efectos del COVID. Son los mismos jóvenes que luego se jactan de pertenecer a las generaciones más solidarias, los que se embarcan como colaboradores en las ONGs para pasarse el verano en África ayudando en las numerosas causas humanitarias que salen en la tele.

A veces, de hecho la mayoría de las veces, lo de preocuparte por tus vecinos, aunque no venda tanto como salvar negritos, también es solidaridad.

Los padres son responsables por comodidad, por no hacer su trabajo. El mejor consejo es que si no estás dispuesto a preocuparte por tus hijos, no los tengas. No son lo mismo que la mascota de raza que debes tener para no sentirte menos que el vecino.

Culpables las administraciones y las Fuerzas de Seguridad. Los primeros por poner en situación de riesgo sanitario la vida de los ciudadanos con el único propósito de no ir contracorriente, salvar económicamente el verano y, sobre todo, no perder votos. Los segundos, los policías, por ser eso, lo que dice su nombre, fuerzas de seguridad del Estado, no del ciudadano, y permitir impasibles que se repitan, fin de semana tras fin de semana, los mismos multitudinarios botellones en los mismos sitios.

En ese marco, lo de plantearse que la respuesta al problema de los desmanes de los jóvenes es vacunarlos rápidamente para convertirlos en asintomáticos, que es lo que se logra con las actuales vacunas, no llega siquiera a ser una estupidez.

Porque, salvo que algún inmunólogo nos demuestre lo contrario, lo cierto es que hasta el diseño de las actuales vacunas es tan peligroso como insolidario: El vacunado no padece la enfermedad, pero puede contagiarse y puede contagiar a terceros sin saberlo pues, al no sufrir sus efectos, se convierte en un peligroso e involuntario asintomático, en definitiva, un caballo de Troya.

Teniendo en cuenta el impresionante alarde de irresponsabilidad que están haciendo unos y otros para salvar un verano a pesar de ser muy conscientes de lo que está pasando, lo de proporcionar a esos jóvenes una dosis plus de sensación de inmunidad es la mejor forma de garantizar la propagación de la cepa India o Delta y de las siguientes que vendrán, como ya está sucediendo en gran parte de Occidente.

Es de sentido común.


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