Tal vez deberíamos replantearnos lo de aceptar esos 140.000 millones de euros procedentes de Bruselas antes de que sea demasiado tarde porque, con el cariz que tiene el tan repetido Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, es bastante probable que asistamos al reparto de un botín entre piratas.
Lo de que cada ministro haya explicado cómo se va a gastar el dinero que vendrá de Bruselas no ha contribuido en nada a tranquilizar a los pocos españoles que están interesados en saber en qué consiste ese plan. Y hay que añadir que no han logrado averiguarlo.
Ni nuestro presidente telepredicador, que habla del Plan de Recuperación como de un acto de fe, ha sido capaz de contarnos las inversiones concretas que se harán en qué, para qué y por qué.
Si algo caracteriza el discurso de presidente y ministros sobre el contenido del plan es la falta de concreción. Lo que, junto a la deliberada falta de transparencia con la que se ha manejado el asunto, sumada al hecho de que el Gobierno sea el que decida unilateralmente en qué se gastara el dinero y se audite a sí mismo en ese desempeño, obliga a cualquier hijo de vecino que sea consciente del nivel de la clase política española, a rezarle a la Virgen que más le guste para implorarle que no nos hagan otro estropicio.
Y no solo deberíamos replantearnos lo de recibir ese dinero porque es más que probable que la mayor parte de las inversiones terminen canalizándose a través de las grandes empresas de siempre para las que parecen trabajar los principales partidos políticos del país, sino también porque la apuesta europea por la recuperación es de una cuantía insignificante, no llega al billón de euros, y los 140.000 que le tocan a nuestro país, de los cuales habrá que devolver la mitad, son un chiste.
Las partidas a las que se han referido los ministros son, en su mayoría, ridículas en relación a la magnitud del agujero económico que pretenden solucionar.
El triunfalismo, por ejemplo, del ministro José Luis Ábalos hace unos días, a la hora de anunciar que se destinará a políticas de vivienda algo menos de 8.000 millones sumando lo previsto en el Plan Estatal y en el de Recuperación, supone una cuantía insignificante si atendemos al problema real de vivienda que hay en España.
Como esta, muchas otras partidas, aunque suene muy bien lo de los miles de millones, son absolutamente insuficientes para solucionar nada y, teniendo en cuenta los antecedentes de nuestros “líderes”, es más que probable que terminen solo siendo útiles para los contratistas cercanos al sátrapa al que toque asignar las inversiones.
En fin, tenemos, de nuevo, todas las cartas para que los pringados del país terminemos pagando con nuestros impuestos otro desaguisado similar al rescate bancario, aunque de muchas decenas de miles de millones de euros más.
Sumando los 70.000 millones del plan a la deuda pública, que ya está por encima del 120% del PIB y subiendo, todos los españoles que nazcan en el próximo medio siglo o más, vendrán al mundo con la cuenta en números rojos, cargados con una deuda del pasado que ellos no han contraído pero que les pesará durante toda la vida. Técnicamente, nacerán pobres y, seguramente, muchos de ellos morirán así.
Matemáticamente es muy improbable que el plan de Sánchez sirva para la recuperación o para la transformación pero, desde luego, sí va a ser útil para la resiliencia, que viene a ser, más o menos, la capacidad de un ser vivo para fastidiarse y callarse cuando se la juegan. De eso los españoles sabemos mucho.
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