Aunque no es el momento ni la forma de sacar adelante la Ley del cambio climático que el Gobierno, aprovechando la falta de control parlamentario que le otorga el estado de alarma, aprobará hoy a puerta cerrada en la comisión parlamentaria del Congreso, tampoco hay que preocuparse en exceso porque hasta quienes la promueven saben que no vamos a cumplirla.
La futura norma, en realidad, es poco más que otra parida legislativa de este Gobierno de coalición en el que los coaligados hacen lo imposible por superar al otro en “progresía”, incluyendo en el texto legal obligaciones de imposible cumplimiento, tanto para el administrador como para el administrado.
No obstante, el presidente Sánchez logrará, de nuevo, el principal objetivo que persigue con todas sus iniciativas: otro motivo para aparecer ante las cámaras y realizar el enésimo y reiterativo soliloquio sobre su carisma y capacidad de gestión al dotar a España de otra de tantas normas que siempre es la más avanzada de Europa y una de las primeras del mundo, omitiendo el detalle, claro está, de que nadie va a cumplirla.
Y no es que la futura ley de cambio climático sea técnicamente mala o errónea, se trata de que los objetivos a los que obliga, empezando por el de reducción de emisiones, son inviables. Ojalá fuésemos capaces de lograr todas esas metas en esos plazos sin hundir aún más la economía nacional y sin disparar los índices de pobreza en el país. Sencillamente, no podemos hacerlo. Ni tan siquiera las grandes potencias mundiales se plantean metas ambientales tan inalcanzables.
No obstante, hay que contemplar la posibilidad de que, además del afán oficial por competir en progresía, en el Ejecutivo de Sánchez quede aún alguien con cerebro a quien se le haya ocurrido que la futura ley es un requisito necesario, imprescindible en realidad, para sacarle dinero a Europa.
Los 140.000 millones prometidos por Bruselas dependen de que España presente proyectos con determinados objetivos; los medioambientales, la descarbonización, reducción de emisiones y el incremento del las energías limpias en perjuicio de las contaminantes, son algunos de ellos.
Quizá, sencillamente, esta nueva ley imposible no ha sido ideada para ser cumplida sino para sacarle pasta a la Unión Europea.
Resulta un poco de trileros pero, si la Comisión Europea no se da cuenta, lo mismo al final Pedro Sánchez logra aprobar una norma que sirve para algo.
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