Empieza a resultar incómodo que advirtamos de lo que puede suceder mucho antes de que suceda. No es por lo de llevar razón, algo que en estas circunstancias no alegra a nadie, sino por el hecho de que lo que avanzamos no es fruto de esa arrogante certeza que exhiben todos nuestros políticos en sus discursos sino, sencillamente, del sentido común.
Aun siendo tildados por la nueva Inquisición de “negacionistas” al cuestionar las prisas que los gobiernos occidentales y las instituciones sanitarias le estaban metiendo a la gente para que se vacunara con unos fármacos fabricados deprisa y corriendo, hemos mantenido un criterio que, creemos, regido por ese sentido común: por mucha pasta que tengas, por muchas cepas que tengas y por mucha prisa que tengas, no se puede producir un tinto reserva en dos meses.
Advertimos de los riesgos de inyectar precipitadamente a todos los empleados de servicios esenciales con unas vacunas que se habían fabricado en menos de la cuarta parte del plazo normal para desarrollar cualquier fármaco similar.
Recomendamos hacerlo por cuotas, no meter todas las manzanas en la misma cesta, de modo que si vacunábamos a los policías o a los maestros, no lo hiciésemos a todos con la misma marca de vacuna. Sabiendo que las autoridades sanitarias estaban dando autorizaciones de emergencia, como ellas mismas reconocían, empujadas por la situación pandémica, lo de arriesgar todos a una no era solo una muestra de falta de sentido común sino, sencillamente, una gilipollez.
Bien, pues tuvimos que hacerlo. ¡Y que alguien se atreviera a cuestionarlo!
Fíjense lo rápido que Victoria Abril, una superwoman de la época Almodóvar, de esas que tanto han exhibido todos los gobiernos progres de España desde la década de los 80, caía en el vil ostracismo cuando dijo en voz alta una verdad palmaria: somos cobayas.
La vacuna de AstraZeneca le ha dado la razón. Sin embargo, nosotros, la opinión pública, somos demasiado borregos y nuestros gobernantes demasiado estúpidos y corruptos para admitir lo obvio.
Y la investigación de las muertes de esos vacunados arrojará el resultado de que no hay relación causa-efecto entre la vacuna y los fallecimientos. Que el tanto por ciento de resultados fatales es mínimo. Que lo es. Y aceptaremos que los muertos tras recibir la vacuna habrían muerto igualmente si les hubiera atropellado un camión o si un yihadista se hubiera inmolado junto a ellos. Seguro que habría sido así. De haber sido así.
Ahora, que alguno de todos esos científicos y expertos que se pasan el día pontificando en la tele defendiendo la "receta oficial" de que esta es la solución menos mala, se acerque a la casa de la profesora de cuarenta y pocos años del Instituto Guadalpín, muerta esta semana tras recibir la vacuna, y se lo explique a su familia.
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