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Sábado, 15 de Febrero de 2025
Por Fernando Madariaga

La España de inquisidores que nos ha impuesto este absolutismo que se cree progresista no puede ser feliz si no quema con cierta periodicidad a alguna bruja tras practicarle un público auto de fe que permita justificar el exceso. Y esta semana nuestros Torquemadas progres están de suerte, de “hora feliz”, tienen a dos personajes que han sido sorprendidos cometiendo pecado.

Estos dos candidatos a convertirse en brujas están relacionados con el mundo del fútbol; uno es Luis Rubiales, ex alto cargo de ese deporte en no sé qué institución, por besar a una futbolista, y la otra pecadora, a la que se someterá a purificador tormento, es una futbolista de un equipo que durante un partido le tocó la zona más íntima a otra jugadora del conjunto contrario. Seguro que la mayoría de ustedes conoce ambos casos mucho mejor que yo dado el nulo interés que despierta en mí este deporte.

A Rubiales, al que ya han quemado repetidas veces en la hoguera de forma pública y mediática, dicen que le pueden condenar hasta a dos años de cárcel, mientras que a la jugadora sobona he oído que le pueden pedir de uno a cuatro años de prisión.

La pregunta inevitable es, ¿nos hemos vuelto locos? Seguro que la mayoría ha visto las imágenes de ambos sucesos. ¿De verdad alguien cree que un beso inapropiado o el gesto grosero de una joven hacia otra merecen cárcel? Si es así, en base al principio de proporcionalidad de las penas, deberíamos someter a trabajos forzados a los conductores multados, fusilar a los narcos, lapidar a los homicidas y arrancarle las uñas al novio de Ayuso, que parece el causante de todos los males.

La ley está mal hecha, no técnicamente, pero sí en su finalidad, en cómo debe afectar a la realidad social. Este Gobierno ha convertido las llamadas cuestiones de género en materia política y ha volcado su carga ideológica sobre las normas que las regulan. El resultado es que esas leyes no son herramientas para proteger a la sociedad de una potencial amenaza, sino un instrumento para hacer política y justificar la radicalidad de unos dogmas que no responden a la realidad social que hay que regular, ni sirven para proteger al ciudadano frente a una actitud sancionable.

Ignoro si el beso de Rubiales a Hermoso fue consentido o no, aunque en las imágenes de la tele nada invita a creer que fue forzado, por mucho que insistan en todas las cadenas en lo del “beso no consentido”; tampoco sé a qué vino lo de la jugadora que tocó a la otra. De hecho ni me importa, porque no sería jurídicamente relevante si tuviésemos un Gobierno que no estuviera infectado por ese radicalismo doctrinal que le lleva a utilizar su poder legislativo para hacer relevante solo lo que él considera relevante. Receta perfecta para llegar a convertirse en lo que ya son: la versión 2.0 del Santo Oficio.

Este nuevo absolutismo insiste en instrumentalizar la ley con un objetivo ideológico, enviando a la hoguera a las nuevas brujas, que son todos aquellos que discrepen o que se atrevan a dudar de los dogmas.

Lo cierto es que hasta hace unos años, los dos incidentes se habrían solucionado con un par de bofetones o con un par de disculpas, como mucho siendo sancionados como falta por ser personas y/o situaciones públicamente relevantes, pero de ahí a pasarse gran parte del día todas las televisiones dando el coñazo con ambos temas mientras los políticamente correctos preparan las piras purificadoras, me parece un ridículo despropósito.

Sin olvidar que el futuro de esos dos acusados y condenados sin sentencia se verá condicionado el resto de sus vidas, y aun después solo serán recordados por estos acontecimientos.

Estos inquisidores son más crueles que los originales, no se limitan a matar a las brujas, las torturan el resto de sus vidas pero evitan que mueran para poder exhibirlas cuando sea necesario y recordar al ciudadano que más le vale seguir creyendo.

Hemos vuelto a tiempos de brujas.


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