La Comisión Europea ha sugerido a los Estados miembros que incluyan en sus legislaciones la prohibición de fumar en terrazas y otros espacios públicos dando igual que se encuentren al aire libre. Bruselas vuelve a esgrimir el argumento de que le preocupa nuestra salud, aunque la realidad no es tan sublime.
La mayoría de los países europeos que se han sumado a la prolongada campaña antitabaco no dice toda la verdad sobre los motivos que les mueven hacia la prohibición, ni le explican a todos esos ciudadanos que se han convertido en cruzados de la causa, que van a pagar con más impuestos la parte que les corresponda de la factura que supondrá que los fumadores dejemos de hacerlo.
La creciente estigmatización de los fumadores en España y gran parte de la UE ha ido aumentando en igual proporción y a igual velocidad que se producía la privatización de la sanidad. Esa que todos los políticos aseguran que no se está produciendo mientras proliferan por todos lados clínicas y hospitales privados.
Es evidente que las corporaciones y fondos de inversión que son propietarios de los grandes grupos sanitarios no van a comprarle a las administraciones públicas un sector con una clientela formada por enfermos caros, y los fumadores solemos serlo.
Es verdad que el que España envejezca a marchas forzadas a la vez que aumenta la esperanza media de vida es un punto a favor de los gobernantes, que pueden ofrecer a esa sanidad privada enfermos de “larga duración” a los que habrá que medicar y tratar de un montón de dolencias durante todos los años de vejez, lo que, al fin y al cabo, significa más ingresos para los capitales que mantienen estos chiringuitos privados.
Además, la sanidad privada es una apuesta financieramente muy segura porque cuando se trata de enfermedades especialmente graves y caras de tratar, los centros privados tienen la opción de “desviar” al paciente a la pública y que pague la “reparación” el amplio bolsillo ciudadano. En cierto modo, los grandes inversores y fondos buitres que financian la privatización de este sector público, recuerdan mucho a Hacienda: participa en los beneficios pero nunca en las pérdidas.
Y los fumadores somos una piedra en el zapato de este negociete porque el tabaco mata, pero demasiado lentamente para que sus enfermos resulten rentables a la sanidad privada mientras, son caros para la pública.
Que el tabaco es fatal para la salud es una verdad absoluta, al igual que lo es que los vehículos a motor también matan y no por ello la conducción se persigue con igual intensidad que el fumar. También mata la carne roja, el azúcar, la sal, por supuesto el alcohol, la contaminación, el ruido y otro montón de cosas que los gobiernos no persiguen con tanto empeño.
Y por encima de todo esto, está el motivo más evidente para no seguir discriminando a los fumadores, que es el derecho a vivir y a morir como a cada uno le dé la gana. Obviamente el no fumador tiene el mismo derecho a no tener que tragarse un humo que no es suyo, por eso se prohibió fumar en el interior de los establecimientos, para que los no fumadores pudieran ejercer su derecho.
Bien, parece que el efecto “culo veo, culo quiero” lleva ahora a que muchos no fumadores también se sientan molestos por el humo en el exterior tanto en lugares públicos como privados.
Cuando hace un par de meses el Ministerio de Sanidad pidió a los ciudadanos su opinión sobre su proyecto legislativo para aprobar esta prohibición, sugerí separar en las terrazas una zona para fumadores, pero teniendo en cuenta el aumento del número de experiencias desagradables que estoy teniendo con el creciente integrismo entre algunos no fumadores, tengo la impresión de que de nada servirá proponer espacios separados para que cada uno pueda vivir como quiera sin molestar a nadie. De hecho creo que si solo se permitiera fumar en el infierno, mucha gente pecaría para poder terminar en él y quejarse del humo. Es lo que suele suceder cuando los gobiernos crean dogmas estigmatizando a un colectivo.
Aunque siempre me ha resultado curioso que esa creciente sensibilidad al humo del tabaco no haya ido paralela a las molestias que debería provocar la contaminación de los vehículos de motor que pasan rozando las sillas de las terrazas, sin que jamás haya visto a nadie quejarse por tragarse el anhídrido carbónico de otro conductor, ni por el ensordecedor ruido que hacen muchos coches y motos, y que soportamos estoicamente los que no tenemos vehículo.
En fin, que puestos a prohibir podríamos jugar todos con la misma baraja porque a mí me molestan los omnipresentes perritos ladrando cuando estoy en una terraza o que tengan la ciudad, en mi caso Marbella, convertida en un insalubre cagadero y meadero. Tampoco me resultan agradables los gritos y chillidos de los niños cuando estoy tranquilamente disfrutando de mi tiempo de ocio, ni esos adultos que hablan a voces, o los conductores que parecen disfrutar torturando a los peatones con el claxon.
Sin embargo soy consciente de que no quiero convertirme en otro “inquisidor urbano perennemente cabreado” y cuando soy víctima de alguno de estos ataques a mi tranquilidad, cosa que sucede con frecuencia diaria, respiro hondo y me recuerdo que este planeta es redondo y que estamos condenados a convivir en él. Mejor hacerlo por las buenas.
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