Resulta evidente que, en estos momentos de nueva Inquisición ideológica en Occidente, lo de cuestionar cualquiera de los dogmas que nos imponen te somete a la pena de los calificativos: negacionista, fascista, xenófobo, homófobo o tantos otros “fobos” con los que la dictatorial minoría “progresista” condena a la reprobación social a quien desde la mayoría cobarde ose cuestionar algún dogma.
En ese teatro de operaciones no hace falta -ni debemos por miedo a ser reprobados- preguntarse qué pasaría si China, Rusia, Corea del Norte o Irán planearan arrojar millones de toneladas de agua radiactiva al mar.
Impensable, ¿verdad? Rasgado de vestiduras de todos los gobierno occidentales en la ONU y hasta en cualquier bar que tenga un escenario. Manifestaciones multitudinarias de quienes se creen protectores del medio ambiente, las ONGs ecologistas haciendo su agosto al demostrar que las generosas subvenciones publicas que reciben están plenamente justificadas porque alguien debe proteger al planeta de nosotros. Por supuesto, odas interminables a la grandeza democrática de nosotros mismos mientras reprobamos el absolutismo nada sostenible de esos países parias que se empeñan en no gobernarse como nosotros queremos que se gobiernen.
Ahora bien, si el plan de contaminar el océano con tritio radiactivo no es de uno de los países “malos” sino de uno de los nuestros, de "los buenos”, en este caso concreto de Japón, aquí no hay Dios que abra la boca para decir nada. Ni tan siquiera nuestros grandes medios de comunicación, esos que se pasan el día jactándose de su objetividad, veracidad, imparcialidad y chorradas parecidas mientras cobran del partido A o del partido B.
La realidad es que Japón va a echar al mar en septiembre millones de toneladas de agua radiactiva contaminada con tritio (1,3 millones para ser más o menos exactos), procedentes de enfriar los reactores de la accidentada central nuclear de Fukushima, sin que ningún país occidental, nosotros que nos pasamos el día fulminando con nuestro dedo acusador a cualquier disidente, haya puesto objeción alguna.
Y lo peor es que los únicos “peros” los están poniendo “los malos”, los países vecinos como China, Rusia o las Coreas -es verdad que la del Sur es la nuestra, la de “los buenos”, por eso quizá no se quejan en voz alta-, que temen que el agua de Fukushima, aunque filtrada y con un bajo nivel de radiactividad, termine provocando un disgusto ecológico de dimensiones planetarias y hasta afecte al ser humano.
Por eso cuando Japón asegura que el vertido en el mar no es en absoluto peligroso ya que el agua, una vez tratada, es segura e incluso apta para el consumo, los países vecinos y "malos" recomiendan a los japoneses que, si es tan buena, se la beban o la utilicen para fregar sus platos.
Eso es lo malo que tiene ser de "los malos", que nadie te hace ni puto caso aunque tengas razón.
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