Respuesta unánime de condena, casi en piloto automático, de los partidos políticos españoles a esa especie de asonada civil realizada en Brasilia por los seguidores del expresidente brasileño Jair Bolsonaro, que está siendo reiterada y lógicamente comparada con el bochornoso espectáculo de los seguidores de Trump asaltando el Capitolio el año pasado por estas fechas.
Llama la atención que la izquierda española, tan amiga de las etiquetas ideológicas como de los autos de fe, califique reiteradamente a Bolsonaro y a sus seguidores de “fascistas”, “extrema derecha” y “ultras”, sin que se puedan apreciar signos que identifiquen a esos brasileños con el fascismo histórico ni con una derecha extrema. Acepto sin embargo lo de “ultras”, entendido en política, tal y como aclara la Real Academia de la Lengua, como “extremistas”. Hay que reconocer que Bolsonaro parece serlo en algunos aspectos, aunque no más que cualquiera de los líderes políticos españoles de cualquier partido.
En nuestro país, donde la clase política repite como dogma que vivimos en una democracia sin que nadie pueda cuestionar la calidad de la misma por miedo a ser significado como “fascista”, “negacionista” y otro montón de apelativos acabados muchos de ellos en “-fobo”, los partidos que se consideran del arco constitucional funcionan de modo imperial, con líderes unipersonales indiscutibles con mando en plaza incuestionable.
En España no hay secretarios generales ni presidentes de organizaciones políticas, hay “césares” ante los que los de su formación han de rendir pleitesía constante a riesgo de ser apartados de la corte, que es donde están los privilegios y la promoción de las carreras políticas.
Es interesante que Pedro Sánchez haya condenado esta mañana lo sucedido en Brasil refiriéndose a ello como a una intentona golpista realizada por extremistas que pretenden acabar con la democracia en ese país.
Sin embargo, se puede ser un golpista sin necesidad de ocupar violentamente instalaciones parlamentarias.
Es igualmente un golpista y un extremista antidemocrático el gobernante que ocupa las instituciones usando su legítimo poder en fraude de ley. Es un fascista el que cambia las normas en beneficio propio para lograr objetivos ilícitos, el que pone y quita jueces a su criterio para falsear los pronunciamientos judiciales que pudieran perjudicarle. También lo es el gobernante que instrumentaliza a las instituciones públicas colocando al frente de ellas a sus cortesanos para impedir que puedan ejercer la función que les corresponde. Es un ultra, un tirano y un gobernante ilegítimo el que no cumple el programa electoral por el que fue elegido, sobre todo cuando lo hace deliberada y conscientemente con el único fin de mantenerse en el poder, sabiendo además de la ilegalidad de los objetivos que pretende conseguir.
Los fascistas y ultras más peligrosos no son los que rompen el mobiliario de una cámara parlamentaria, estos son fácilmente identificables, los peligrosos son los que instrumentalizan el poder obtenido legítimamente para fines ilegítimos. Esos son los que realmente pueden destruir una democracia. Y para verlo no tenemos que irnos a Brasil.
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