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Domingo, 25 de Diciembre de 2022
Por Fernando Madariaga

Como cada año, al vacuo y obvio mensaje de Navidad del rey Felipe ayer por la noche, han seguido hoy las reacciones, no menos vacuas y obvias, de los partidos políticos que más o menos se mantienen dentro del marco constitucional. Y las no menos reacciones contrarias de esas otras formaciones políticas que hacen lo posible por no estar dentro del marco constitucional.

Que el rey no diga nada en su discurso y que lo limite a contarnos los problemas que ya sabemos que tenemos, es una tradición casi tan rancia como estas fiestas.

No es casualidad que sea la primera persona del plural la forma verbal que siempre suele emplear la Casa Real al escribirle el mensajito, porque lo de decir después de enumerar todos los problemas que tenemos que “no podemos ignorar la seriedad de estos problemas, pero tampoco podemos renunciar a que las cosas puedan cambiar y mejorar”, suena mucho mejor que decir “no puedo, ni debo, ignorar los problemas que tenéis, pero tampoco puedo ni debo renunciar a que las cosas puedan cambiar y mejorar. No obstante ignoro vuestros problemas porque no me afectan ni a mi ni a mi familia y renuncio a que las cosas cambien o mejoren porque o no sé como hacerlo, o me importa un rábano. A mí no me va mal”.

Ese sí que sería un mensaje digno de un rey: sencillamente la verdad.

No obstante, aún me hizo reír más aquello que dijo de “lo primero –y una vez más–, debemos tener confianza en nosotros mismos, como Nación”. ¿Qué puñeta significa eso?

Con un presidente del Gobierno que se pasa el día rozando el delito de alta traición, entregando a pedazos la soberanía a formaciones secesionistas o cercanas al terrorismo, en un entorno político en el que los principales partidos son estructuralmente corruptos, con una privilegiadísima oligarquía económica que financia ese sistema podrido para que le permitan seguir creando miseria y hacer una España cada vez más desigual e injusta, que venga el rey a solucionarlo todo diciéndole a los ciudadanos, desde la comodidad de su existencia pagada por todos, que el problema es lo de la confianza en nosotros mismos, es carcajearse de todos los españoles a la cara.

Y quizá más lamentable resulta el no menos tradicional besamanos de cada mañana del 25 de cada diciembre, con los principales partidos comentando las mismas estupideces sobre lo magnífico y acertado del discurso real, la defensa de la Constitución, la democracia y los derechos de patatín, patatán.

Aunque me duela hacerlo, reconozco que esta mañana, por una vez, he estado de acuerdo con el secesionismo catalán, con Gabriel Rufián y Pere Aragonés, que únicamente han destacado que el mensaje no ha aportado nada nuevo y que es solo una muestra más de falta de utilidad.

No obstante no sería justo si no admitiera que a este rey se le entiende mejor que el anterior, que ayer tenía un aspecto muy elegante y que estaba todo muy bonito en La Zarzuela.

Y desgraciadamente, como también es tradición, la conclusión es siempre la misma, tuneando el "Cantar del Mio Cid": que buenos vasallos seríamos, si tuviésemos un buen señor.


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