Desde que las tropas rusas invadieron Ucrania a finales de febrero, he esperado pacientemente para comprobar si es que los grandes medios de comunicación internacionales son más lentos que antes a la hora de llegar al lugar de la noticia o si, sencillamente, estamos ante otro conflicto censurado. Ha sido lo segundo.
Sorprende que, con los impresionantes medios técnicos de los que disponen hoy esos medios de comunicación, nos estén sirviendo informativamente la guerra a través de videos grabados con móviles por no sabemos quién, previamente editados por censores que no conocemos y cuya existencia ningún medio occidental reconoce expresamente, en una nueva versión de esa pamplina europea que siempre nos impide ver que el rey va desnudo.
No recuerdo conflicto más sesgado informativamente que el de esta guerra en Ucrania, ni más sectario por parte de los periodistas occidentales que parecen cobrar directamente del presidente Zelensky. Al menos de los pocos que debe haber sobre el terreno, porque tampoco recuerdo situación similar con tan poca información directamente facilitada por corresponsales, incluidas imágenes independientes que no hayan pasado la criba de la censura militar. Hasta la Guerra Civil española fue bastante más rica informativamente hablando, y eso con los medios técnicos de aquella época.
Es cierto y lógico, que rusos y ucranianos vigilen lo que se publica para evitar pasar al enemigo información que pueda facilitarle avances en el campo de batalla, pero nunca había visto a tantos grandes e insignes periodistas y a tantos medios de comunicación de primera fila sentirse tan cómodos con un conflicto oficialmente censurado por ambas partes.
La Unión Europea ha olvidado completamente que no estamos en guerra con Rusia y sus representantes actúan y se expresan abiertamente como contendientes junto a Ucrania y contra Moscú.
Las sanciones a los intereses rusos se aplican a instituciones, colectivos y ciudadanos ajenos a las decisiones del Kremlin.
Me cuesta creer que prohibir a un deportista competir en Occidente, a una orquesta tocar o a unos bailarines actuar, debilite a Putin. Me cuesta creer el uniforme y dócil silencio de la prensa europea ante la flagrante opacidad de una guerra en la que no nos estamos enterando de nada. Me cuesta creer que ninguno de los soplagaitas que en este país se pasa la vida tertuliando por las televisiones, haya realizado el tradicional rasgado de vestiduras en defensa del derecho a la libertad de información, hablando de la independencia, veracidad, objetividad y chorradas similares.
Comparto el apoyo europeo a Kiev, pero me preocupa ver lo dócil que es el "cuarto poder" desde que la economía hurtó la información al ciudadano y la convirtió en una valiosa herramienta al servicio de los otros tres poderes.
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