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El rey siempre va vestido

Opinión

Martes, 21 de Diciembre de 2021
Por Fernando Madariaga

La mayor parte de esos expertos que se pasan la vida observando el desarrollo de nuestras democracias coinciden de forma unánime en que la pandemia no ha supuesto, como esperábamos algunos, un reseteo de sistemas corruptos y enfermos para “renacer” en un mundo menos injusto y desigual. Por el contrario, el coronavirus ha jugado en favor de la injusticia a nivel planetario.

A día de hoy, y sobre todo gracias a la aparición del covid, nuestra sociedad se ha desarrollado hacia un sistema más desigual y más inmoral gracias a que la presencia del coronavirus no ha servido a los Estados para reequilibrar lo desequilibrado sino, por el contrario, para desequilibrar aún más lo que ya estaba desequilibrado.

La inflación, el precio disparatado de las energías, empezando por la electricidad, y lo que pagamos por la cesta de la compra, nos conduce inexorablemente hacia un mundo donde quienes más tienen acumulan mucho más al precio de empobrecer cada vez a más.

Todo economista sabe que la ecuación mental que han hecho ese mínimo de privilegiados es la fórmula perfecta del fracaso: empobrecer a tus clientes puede hacerte más rico hoy, pero no mañana.

No obstante, la reflexión a la que invita la pandemia en base a los acontecimientos que estamos viviendo es la de que nos aproximamos con preocupante rapidez a ese mundo orwelliano en el que lo único que no estaba prohibido era producir para esa minoría. Una reproducción actualizada del feudalismo.

Hay sociólogos y politólogos que defiende que el virus está deteriorando a la democracia. Personalmente creo que se equivocan.

La democracia se muere. La están matando los mismos que dicen defenderla. Políticos nacionales, instituciones europeas e internacionales han utilizado el calificativo “democrático” para investirse de una vida de privilegios y para corromper la esencia del sistema.

A nivel nacional solo hay dos preguntas que parecen rondar la cabeza de lo españoles: ¿A quién votar? ¿A quién podemos creer?

Las constantes advertencias que hacen las supuestas fuerzas democráticas sobre el auge de “populismos” y extremismos nunca va acompañada de una reflexión sobre el por qué se está produciendo este fenómeno. El hecho de que nuestros representantes políticos y económicos nacionales e internacionales sean corruptos y el que hayan corrompido estructuralmente nuestro sistema nunca es debatido: El rey siempre va vestido.

El que lo dude o crear ver desnudo al monarca es un "negacionista" y merece ser reprimido por ello.

El fascismo sigue siendo el mismo. Lo único que ha cambiado es que, al menos, Hitler, Mussolini o Franco no se pasaban el día diciendo gilipolleces sobre una libertad y sobre unos derechos que hoy tenemos menos que nunca.


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