Como personalmente los deportes me importan un rábano, el culebrón montado entorno al tenista Novak Djokovic me importa un par de ellos. Creo que, prima facie, Australia es el país de los australianos y tienen derecho a poner sus normas para entrar en él, aunque, por otro lado, toda la situación me ha parecido sobreactuada.
En esto del covid, los Estados parecen más preocupados por la disidencia que por la realidad sanitaria. Tal vez por ello el Gobierno australiano, pendiente de unas elecciones en breve, ha considerado que el ejemplo “negacionista” que representaba Djokovic era un motivo añadido para expulsarle del país.
Y esto es más interesante de lo que parece, porque en las proverbiales democracias occidentales, lo de vacunarse no es obligatorio, pero todos los gobiernos ejercen, abierta y públicamente, políticas para forzar a cambiar de opinión a quienes no quieran hacerlo, utilizando la herramienta tradicional de todas las dictaduras: la represión.
Desde todas las instancias oficiales y desde los grandes medios de comunicación que cobran de esas mismas instancias oficiales, se han institucionalizado el falso discurso de que los no vacunados son, somos, gente egoísta que pone en peligro la salud de los demás. La realidad es justo la contraria, los no vacunados somos los más vulnerables frente a quienes, estándolo, pueden transmitirnos la enfermedad sin tan siquiera saberlo.
Pero la Historia no está escrita con la tinta de la justicia, ni con la de la veracidad, sino con la de la victoria, y a día de hoy hay que admitir que los que dudamos carecemos del poder necesario para oponernos a la versión oficial de que vacunarse es la solución.
Ello a pesar de que, con la cuarta dosis que ya se está planteando, el muro del dogmatismo pandémico ha comenzado a resquebrajarse y hasta en alguno de esos grandes medios de comunicación al servicio del régimen se escapan las opiniones de científicos y epidemiólogos que empiezan a advertir del peligro que supone debilitar el sistema inmunológico a base de inyectarle cada tres meses órdenes nuevas a los mismos antígenos. Al parecer algo así como lo que pasa cuando abusamos de los antibióticos. Simplemente, dejan de ser eficaces.
Creo que lo del tenista se podría haber solucionado haciéndole tests antes y después del partido, aunque hay que respetar que los australianos decidan las normas a cumplir para entrar en su país.
Sin embargo, utilizar el argumento de que hay que erradicar el "ejemplo" o, como dijo el presidente Emmanuel Macron para Francia, lo de "fastidiar" a los no vacunados para que hinquen la rodilla, recuerda a regímenes dictatoriales propios de épocas pasadas.
Y, sobre todo, revela un enorme temor del poder establecido hacia el libre albedrío de sus ciudadanos. Y eso es debilidad.
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