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Martes, 12 de Octubre de 2021
Por Fernando Madariaga

Pues eso parece, no puede quedar títere con cabeza y cualquier recoveco que sirva a los padres para que  ejerzan el derecho a educar a sus hijos libremente será destruido para que el poder orwelliano ejercido por los Estados occidentales, “democráticos y libres” todos ellos, no permita opiniones discrepantes en las futuras generaciones.

Por eso, al igual que ya hace meses empezó la campaña para convencer a niños y adolescentes de que Batman era gay y mantenía una relación sodomita con su compañero Robin, el nuevo Superman ha de ser, por supuesto, homosexual.

No debe quedar atisbo de esperanza para los niños que están creciendo: también los superhéroes son LGTBI y, por tanto, el mundo occidental lo será. Guste o no a todos aquellos críos que, por su edad, probablemente no lleguen a entender por qué dos hombres se besan en la boca o mantienen relaciones homosexuales. Pero a los nuevos inquisidores no les preocupa que esos jóvenes entiendan la “nueva realidad”, les basta con que la acepten o la acepten.

Curiosamente, la tan anunciada entrega del nuevo Superman gay es incesantemente publicitada como la de un superhéroe “bisexual”; si bien la propaganda institucionalizada se empeña en mostrarlo únicamente en imágenes con otro hombre; un joven casi adolescente, en realidad de rasgos afeminados -al igual que los del nuevo Superman, hijo de Clark Kent- al que, por su edad, pueden sentirse identificados muchos de nuestros menores adolescentes.

En nuestro Occidente, el que ha convertido la educación de esos menores en un medio para fabricar borregos al arbitrio del Estado, lo de acabar con cualquier símbolo que pueda alimentar la esperanza de los jóvenes de disponer de su libre albedrío, es la mejor forma de construir un rebaño a las órdenes de un único, despótico e indiscutible “buen pastor”.

Y mientras nuestros gobernantes, no solo los españoles sino los de gran parte de Occidente, se empeñan en destruir cualquier símbolo que permita a las futuras generaciones cuestionar la ideología de esta nueva inquisición, la naturaleza se empecina en atribuir a cada uno su papel.

Ni aunque National Geographic cobrara subvenciones del ministerio de Irene Montero lograría evitar que el león siguiera siendo león, ni que la leona se ocupara de las crías en sus primeros meses. Ni conseguiría que cada bicho viviente desempañara el papel que le corresponde de acuerdo con su naturaleza.

Por eso, ni aún convirtiendo a todos los ídolos de los críos en reinonas o en drag queens que presidan la caravana del orgullo gay, lograrán domesticar a la naturaleza.

Parece mentira que, viendo el poder que está derrochando el volcán de La Palma, el Gobierno de Pedro Sánchez no haya sido capaz de entenderlo.


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