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Martes, 28 de Septiembre de 2021
Por Fernando Madariaga

En lo relativo a nuestras alianzas con terceros países, no es descartable que los europeos estemos cometiendo el error de haber caído en el fatídico y acomodaticio refrán de “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Que ello nos lleve a continuar en un bloque occidental frente al oriental y al del Este, manteniendo casi intacto el esquema de un equilibrio creado hace más de 60 años con la “guerra fría”.

Si Donald Trump ya nos dejó clara su doctrina de “America first” (América primero), ignoró a la OTAN y solo se dirigió a Europa para recordarnos que el concepto “defensa colectiva” significa también financiación colectiva de la misma, su sucesor, Joe Biden, apuntó a que esa prelación no iba a cambiar al convertir la chapuza de la evacuación de Afganistán en una especie de Trumpismo tuneado que podría formularse como “sálvese quien pueda, pero los americanos primero”.

Aunque los gobernantes europeos han mirado hacia otro lado ante el evidente ninguneo que la Casa Blanca nos sigue dispensando, lo de la reciente iniciativa AUKUS, el acuerdo de Estados Unidos con Australia y Reino Unido para extender su ámbito de influencia en el Indo-Pacífico y frenar el expansionismo chino, ha subrayado con mayúsculas que Biden pasa de nosotros tanto como su predecesor, aunque con mejores maneras.

Lo de robarle a Francia el contrato millonario de submarinos firmado con Australia es una buena muestra de que, en Washington, nosotros no preocupamos. Ni tan siquiera cuando nos necesitan, caso de la utilización de la base de Morón para traer a evacuados desde Kabul. ¿Alguien cree que algún presidente español se habría atrevido a ponerle alguna objeción a la Casa Blanca?

Y con este papel de hermano pobre que hemos terminado ejerciendo los europeos ante el ya no tan gigante norteamericano, quizá estemos cometiendo el error de habernos quedado anclados en la historia, en un tiempo anterior, cuando los “malos” eran los que estaban al otro lado de un muro que ya no existe. Más aun hoy, cuando ya nadie tiene claro si existen los “buenos”.

Hay una verdad geográfica y estratégica que es absoluta: Entre Bruselas y Washington hay 6.212 kilómetros y un océano por medio. Entre Bruselas y Moscú hay 2.534 kilómetros por carretera.

Aunque alguien pueda acusarme de rojo, no parece lo más lógico que tus alianzas más firmes sean también las más lejanas. No perdamos de vista que una parte de Rusia es Europa, del Este, pero Europa.

Está claro que la UE y los miembros de la OTAN no pueden decirle a EEUU, de un día para otro, "oye, que nos vamos, que los rusos están más cerca y no nos tratan con tanta arrogancia".

Sin embargo no debemos olvidar que la construcción Oriente-Occidente, o el mismo concepto de "los bloques", son solo esquemas geopolíticos acuñados en el pasado que, inevitablemente, evolucionan con un mundo que también cambia.

En ese contexto, tener un hermano mayor que o te ignora o te perdona la vida, no parece un gran negocio.

Quizá su actitud cambiaría y volvería a apreciar nuestra amistad si repartimos lo que tenemos, o advertimos de que podemos hacerlo.

Habría que ver la reacción de Joe Biden si les planteásemos a rusos y chinos, por ejemplo, la posibilidad de compartir una base naval conjunta en el Mediterráneo.

En realidad es sencillo. Es como cuando éramos pequeños y teníamos una pandilla en la que el más grandullón, que siempre ejercía con cierto despotismo paternalista, se pasaba en sus atribuciones y privilegios, y había que recordarle, de cuando en cuando, que podíamos cambiar de pandilla e irnos a otra a probar con otro grandullón.


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