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Jueves, 26 de Agosto de 2021
Por Fernando Madariaga

Los datos que desde hace unas semanas indican un constante descenso de los contagios de covid a nivel nacional son tan esperanzadores como ilógicos, al menos en lo que respecta a las zonas turísticas, donde hemos vivido un verano con tantos visitantes como poco sentido común.

Porque en las cuentas que nos dan las administraciones públicas hay algo que falla, o bien las autoridades sanitarias han fichado a la Virgen de Lourdes.

En el caso de Marbella, el 30 de julio teníamos un índice de contagios disparado de 1.010 casos por 100.000 habitantes. A partir de ahí, coincidiendo con el inicio de agosto, comienza un descenso sostenido que nos lleva hasta el índice de ayer, día 25 de agosto, de 357 casos.

Lo que no logro entender es el motivo de este descenso, cuando las actitudes irresponsables que nos llevaron a los datos de julio, no solo no han cambiado en agosto, sino que se han acentuado.

Más sorprendente aun, hasta desde esas mismas administraciones que hacían constantes llamamientos a la prudencia el mes pasado, ahora autorizaban espectáculos públicos multitudinarios y relajaban la vigilancia ante los constantes incumplimientos de las restricciones establecidas.

Los jóvenes han seguido haciendo botellones y pasándose veinte pueblos, incumpliendo todas las normas sanitarias; lo hemos visto todos los días en los telediarios. En Marbella, casi todos hemos recorrido las estrechas calles del Casco Antiguo que, a partir de la caída del sol, se abarrotaban de turistas que no parecían conocer la existencia de las mascarillas. Restaurantes y bares llenos, tanto en interiores como en terrazas, con aforos más que completos, una mesa prácticamente sobre la otra en vez de junto a la otra. Movilidad totalmente abierta por todo el territorio nacional y la internacional enormemente relajada para salvar la temporada turística.

La mayoría de los jóvenes que se han amontonado en playas y zonas de ocio no estaban vacunados, por lo que el ascenso constante de los contagios era tan previsible como inevitable. Sobre todo con esa variante Delta, mucho más trasmisible.

Pero, por alguna razón que no logro comprender, no ha sido así. Los excesos y muestras de irresponsabilidad han ido a más mientras la incidencia de la enfermedad ha ido a menos, hasta el punto de reducir lo “previsible” e “inevitable” a solo posible.

Coincidiendo ese descenso de contagios con el comienzo de agosto, la única explicación lógica que he podido encontrar a esta contradicción en el principio de causa-efecto es que el coronavirus también se ha cogido vacaciones.

O ha sido un milagro de agosto.


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