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La democracia a oscuras no existe

Opinión

Lunes, 14 de Junio de 2021
Por Fernando Madariaga

La energía eléctrica volverá a subir de precio hoy, sobre todo entre las nueve y las diez de la noche, cuando llegará a otro máximo que será incluso superior, aseguran las televisiones nacionales, que el alcanzado durante la tormenta “Filomena”, haciendo aún más obvia la necesidad de poner algún límite a la especulación sobre bienes y/o servicios que son esenciales para la supervivencia.

En las últimas semanas se ha producido una imparable escalada de los precios de la electricidad que ha culminado con el anuncio de un nuevo formato de facturación, que no es más que otro aumento de esos mismos precios, aunque encubiertos para que el consumidor no sea demasiado consciente de que las eléctricas vuelven a tomarle el pelo.

De nuevo nos encontramos inermes ante los excesos de las todopoderosas energéticas del Ibex y, de nuevo, con el servil silencio cómplice del Gobierno. Aunque hay que reconocer que esa actitud ha sucedido siempre, sea con el PP o con el PSOE en La Moncloa, desde que se produjo la vorágine privatizadora de lo público que comenzó en los 80 y que despatrimonializó a los españoles en beneficio de unos cuantos amiguetes del poder que se hicieron con los principales servicios públicos a precios de saldo.

Y resultando obvio que, por algún motivo inconfesable, ni populares ni socialistas pueden o quieren constituir un Gobierno que acabe con la tiranía de la oligarquía económica formada por las principales empresas cotizadas del país, se hace cada vez mas necesario poner límite a los abusos especulativos sobre esos bienes y servicios esenciales que, por ser indispensables para la supervivencia, jamás debieron quedar sometidos al imperio de la especulación.

Son cada vez más las voces de reputados economistas que se alzan contra el actual neoliberalismo radical, que no nos ha conducido a ese profetizado mercado libre donde se compite en condiciones de igualdad gracias a la “mano invisible” reguladora de la que nos habló Adam Smith.

Los mismos especuladores lo han impedido, haciendo trampas, jugando con cartas marcadas, utilizando su poder económico para corromper al poder político, comprando así su propia protección, acabando con aquel sueño de libertad empresarial que, a su vez, impide que nuestro país, Occidente en realidad, alcance una democracia plena.

De una forma u otra, el poder público debe limitar los excesos sobre esas pocas cosas que son esenciales para vivir, intervenir los precios y limitar, a través del Código Penal, la impunidad de aquellos que especulan con los mismos solo para obtener un lucro tan desmedido como inmoral.

Sin poder llegar a final de mes, sin luz, calefacción, agua o con una nevera vacía no se es libre y, en consecuencia, no puede existir democracia.

Eso debe cambiar y cambiará, bien porque finalmente encontremos algún representante honesto que esté dispuesto a pelear para lograrlo o bien porque, como suele pasar en la Historia, los desheredados acaben asaltando el palacio de invierno.

Una sistema económico basado en el empobrecimiento de una inmensa mayoría para enriquecer a una ínfima minoría no puede sobrevivir. Y no lo hará.


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