Tras advertir todos los gobernantes de todas las administraciones sobre los riesgos de cometer esta Semana Santa los mismos errores que en Navidad, mientras ponían todas las facilidades para cometerlos, era obvio que, siguiendo el guion, llegaba lo de culpar de su incompetencia, de nuevo, a la ciudadanía como única responsable de la "cuarta ola".
También de nuevo, los grandes medios de comunicación, que bien podrían ya contar con asignación en los Presupuestos Generales del Estado, nos machacan cada día con vídeos de descontroladas fiestas y ágapes que prueban la “irresponsabilidad” de esa ciudadanía desagradecida e inconsciente que no aprecia los esfuerzos de los gobernantes para protegernos de nosotros mismos. Planteamiento peligroso que retrotrae a esa Europa de los totalitarismos de los años 30 del pasado siglo.
Y, como en tantas otras cuestiones, nuestra oligarquía política sigue negando lo obvio, fustigándose por el creciente grupo de rebeldes ciudadanos que se niega a obedecer, a someterse en realidad; aunque ahora lo llaman "ser solidario".
Porque tendríamos que recurrir al Derecho Natural para determinar si desobedecer estupideces es rebelión, si perder la confianza en la capacidad y en la honestidad de los administradores, implica cruzar la línea de la legalidad.
Podemos empezar por la inquietante forma que tienen los administradores públicos de legislar sobre la obligatoriedad de las mascarillas, con ese baile de obligaciones que ha llevado a los “expertos” a plantearse la estupidez de imponerla en la playa o en el monte cuando uno está totalmente solo. Sin olvidar que, cuando todo esto empezó, no eran ni recomendable su uso, a juicio de los mismos cansinos “expertos”.
Rememoremos también las sandeces sobre las cambiantes distancias de seguridad, las irracionales limitaciones de movilidad, la satanización de los fumadores y las ridiculeces sobre la desinfección de todas las superficies cuando ahora descubren, supongo que los “expertos”, que la posibilidad de contagio por contacto con ellas es menos que remota. Con la pasta que nos hemos dejado en desinfectantes y la pechá fregar que nos hemos pegado.
Mejor aún lo de las vacunas, con la de la incumplidora farmacéutica a AstraZeneca a la cabeza. Tras financiarles la investigación con dinero público de la UE, la han vendido al mejor postor. Por suerte, en este caso, la proverbial debilidad de Bruselas ha convertido en ventaja los sucesivos retrasos de esta empresa en la entrega de las dosis.
Hasta hace cuatro días, era totalmente segura, nada indicaba que lo de los trombos mortales estuvieran provocados por esa vacuna. Todas las instituciones sanitarias, nacionales, europeas e internacionales, las de los “expertos”, garantizaban la seguridad en base a un principio que habría sorprendido al mismo Hipócrates: no es descartable que la vacuna te mate, aunque es poco probable.
A día de hoy las circunstancias han cambiado notablemente y cada vez son más los cadáveres que hacen dudar sobre ese otro dogma institucional, no menos sorprendente, que insiste en afirmar que el posible beneficio de vacunarse es mayor que el riesgo.
Por cierto, sería un buen momento para que aquellos soplagaitas que condenaron a la hoguera a Victoria Abril por advertir de que nuestros gobiernos nos usan como cobayas, le pidieran disculpas.
Y si todavía alguno de nuestros incompetentes al mando, "expertos" incluidos, se pregunta por qué el pueblo se empeña en desobedecer las órdenes de los "amados líderes", debe saber que es solo porque ha perdido la confianza en ellos.
Más aun, lo que está perdiendo un número creciente de ciudadanos es la fe, que no es más que creer porque sí. Al fin y al cabo nuestra clase política jamás ha dado muestras de ser digna de confianza.
Por eso, como nos muestran los lamentables informativos de nuestras grandes cadenas de televisión, los conatos de rebelión van in crescendo.
Que, por cierto, es históricamente el primer paso que conduce a una revolución.
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