Gracias a Dios que Bárcenas va a hablar, probablemente así podremos descongestionarnos de noticias uniformes sobre el coronavirus y de estar todo el día escuchando a políticos y a presentadores de telediarios de todas las cadenas recordándonos que todo lo que está pasando es culpa nuestra, de los ciudadanos.
Porque las noticias falsas, las mentiras -no me gusta el anglicismo fake news cuando tenemos varias formas en castellano de decir lo mismo-, solo han pasado a convertirse en un fenómeno “preocupante”, sobre el que incluso se pretende legislar, cuando han desafiado a los dogmas en los que los poderes públicos obligan a creer.
Si el lector se aleja ligeramente del actual panorama social creado por política, pandemia, finanzas y medios de comunicación, e intenta reflexionar sin pasiones, algo que no es fácil, sobre todo lo que estamos viviendo, surgen preguntas que no encuentran respuesta, al menos no respuestas lógicas, que crean dudas sobre la versión oficial. Y como dudar del dogma ha vuelto a ser herejía, el sujeto que reflexiona se convierte en disidente y su reflexión, al igual que sus dudas, en noticias falsas y, cuando se apruebe la norma, el que duda será un delincuente y la reflexión una herramienta necesaria del iter criminis para cometer este delito.
Porque no dejo de preguntarme, y de sorprenderme, de la uniformidad editorial que muestran todos los grandes medios de comunicación, especialmente las televisiones, en lo que se refiere al coronavirus. Las miles de opiniones que han recabado desde el primer día de pandemia tienen el mismo sesgo ideológico, científico, económico, incluso social. No encontramos un atisbo de duda en los argumentos con los que nos bombardean a diario.
Todos los sanitarios a los que entrevistan en los telediarios opinan lo mismo: la situación está al borde del colapso, cada día, no sabemos lo mal que lo están pasando haciendo el trabajo por el que se les paga y, por supuesto, la culpa es de “la gente” que es irresponsable e insolidaria.
Los diferentes miembros de las fuerzas de seguridad nos repiten cansinamente que todo lo que hacen es por nuestro bien y que el problema, de nuevo, son los ciudadanos que no cumplen lo que se les ordena a pesar de que las órdenes sean tantas y tan caprichosas que los siempre culpables deberíamos tener una app en el móvil para actualizarlas.
Igualmente, médicos, científicos y demás expertos, aparecen por decenas ante las pantallas con opiniones tan uniformes que podrían limitarse a grabar a uno de ellos y a repetir el mensaje. Ninguno plantea la más mínima objeción a unas vacunas que ahora surgen como setas tras la lluvia y que estamos comprando a precio millonario sin tener ni idea siquiera de cuánto durará su eficacia y, por supuesto, teniendo aún menos idea de si van a existir otras consecuencias a medio o largo plazo.
No puedo creerme que en toda la comunidad científica del planeta no existan dudas, objeciones, preguntas e, incluso, manifiestos desacuerdos en lo que respecta a la pandemia. No es posible. No somos tan borregos.
Del mismo modo y a pesar de que los principales sectores económicos del país insisten en que no les llegan las ayudas, el Gobierno se pasa el día en los telediarios desgranando en miles de millones de euros lo mucho que está haciendo por la gente, sobre todo por los más vulnerables que, por cierto, siguen igual de jodidos que siempre, aunque ahora son más.
Ningún economista aparece en las televisiones advirtiendo de la bola de nieve que está creando el Gobierno a base de permitir demorar pagos y de ofrecer créditos que seguirán aumentando la deuda de negocios y profesionales en lo alto de la montaña, hasta el día en que esto acabe y la bola eche a rodar por la ladera aplastando todo lo que pilla a su paso.
No hay objeción alguna al hecho de que los mercados financieros casi hayan duplicado su volumen de negocio desde que apareció el COVID, que la alimentación se haya convertido en campo especulativo disparando los precios, a pesar de que el ministro Luis Planas insista en que no han detectado subidas anormales coincidiendo con la pandemia. Es obvio que ni el presidente ni los ministros hacen la compra.
Tampoco se objeta que, justo ahora, cuando hay más familias en la cuerda floja, los principales bancos se hayan puesto a acribillar a sus clientes más vulnerables con comisiones que imponen por la cara, violando manifiestamente y de modo unilateral los contratos firmados con esos mismos clientes. Mientras el Banco de España y las demás instituciones económicas públicas mantienen su servil silencio abandonando, de nuevo, a "la gente" a su suerte.
Tanta uniformidad de criterio, la total ausencia de opiniones discrepantes, de juicios diferentes, solo se explica porque el dogma no acepta discusión, es la verdad única que convierte la duda en mentira y al que la tiene en disidente que, en breve, será presunto autor de un delito.
Y esto, lo miren por donde lo miren, es la esencia del fascismo. Hasta el punto de convertir a Hitler o a Stalin en simples aprendices.
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