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Domingo, 31 de Enero de 2021
Por Fernando Madariaga

Por mucho que guarden un premeditado silencio los gobiernos occidentales, todos los del mundo en realidad, no terminaremos con el problema de China. Más aún si en la primera jugada que nos hace, fingimos que no nos hemos dado cuenta de nada para lograr así que esta gran potencia económica y consumidor de oro, no se enfade con nosotros.

Lo de la nueva misión de los expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) a Wuhan para intentar determinar el origen del puñetero COVID-19 y la beligerante actitud con la que, otra vez, han sido recibidos por las autoridades chinas, ya ni tan siquiera es sospechoso, sencillamente es escandaloso y un manifiesto reconocimiento por parte del Gobierno de Pekín de que no nos ha contado toda la verdad, probablemente no nos ha contado nada, sobre cómo apareció o quién fabricó un coronavirus que parece estar esperando nuestra próxima jugada para sacarse otro as de la manga.

Y si resulta obvio que China miente, también lo es que lo hacen nuestros gobiernos y las organizaciones internacionales que, como la OMS, deberían velar por la seguridad sanitaria mundial.

Ha sido ahora, casi un año después, cuando han trascendido grabaciones en las que altos cargos de esta agencia se quejaban a su director general, Tedros Adhanom, sobre la falta de cooperación de Pekín y la poca información que facilitaban sobre el coronavirus.

Aunque viéndolo desde la barrera, me parece que iba a dar igual que al doctor Adhanom le entregaran un video en el que apareciera Mao Tse-Tung fabricando el virus en la cocina de su casa. Con lo permisiva que es la OMS con China, lo sorprendente es que su sede no esté en ese país y que sus director no tenga un apartamentito cerca de la Ciudad Prohibida.

De las muchas lecciones que estamos aprendiendo de la pandemia, hay dos que ningún político quiere mencionar: la primera es que tenemos a demasiados enemigos tras nuestras líneas, muchos, los más peligrosos, incluso en cargos de relevancia, pública y privada. Y la segunda es que resulta evidente que tenemos la necesidad urgente de hacer una limpia en esos organismos internacionales que solo parecen saber comer con palillos.

Si la comunidad occidental sigue con su plan de consentir que China se salga con la suya y aceptar que lo del COVID-19 no es culpa de nadie, solo estaremos mostrando a un niño mimado que somos lo suficientemente débiles como para soportar la siguiente jugada. Porque ni por asomo crean que esta va a ser la última.

A nuestros gobiernos y a los sectores económicos y financieros que gobiernan a nuestros gobiernos les importa más mantener una feliz y próspera actividad económica con el impresionante mercado chino, que decepcionar a su más importante cliente.

Sin embargo, si hacen cuentas de lo que nos está costando este episodio, y ni tan siquiera hablo de vidas, sino de una simple cuantificación en dinero, callar como alternativa solo encarecerá aún más la próxima factura que nos pase el Gobierno chino.


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