He estado viendo en las noticias lo del caso Pujol y lo del 3% de mordida en los contratos de obra pública en Cataluña y, al igual que otros muchos ciudadanos, he sido presa de la indignación.
Me parece inmoral que, con lo que ganan las grandes constructoras, solo ofrezcan un mísero 3%, olvidando que amar es compartir y que existe el deber de dar de comer al trincón hambriento.
En mi juventud estas cosas se hacían como Dios manda, porque yo tuve un tío segundo metido también en política que se llamaba Jordi Milton, que siempre decía que con el dinero de los ciudadanos no se juega, pero que si uno es juguetón, qué menos de un 5% para empezar a hablar.
Lo que pasa es que hoy en día se ha perdido la profesionalidad y la vocación y hay mucho aficionado, porque el que lleva el trinque en la sangre, como el bueno del tío Jordi, no se queda en la nimiedad de las comisiones.
Recuerdo que, cuando se pedía un café en cualquier sitio, robaba todos los azucarillos que podía, se llevaba los palillos de dientes de los bares, hasta los usados, y si estaba en un restaurante, le pedía al de la mesa de al lado una cucharada de su sopa en concepto de comisión.
Fíjense si lo suyo era vocacional que, en el despacho, le atornillaron el ordenador y el cenicero a la mesa para que no se los llevara a su casa; por eso al jubilarse se llevó la mesa entera. Y al bedel de la puerta, porque pidió socorro, que ya se lo había echado al hombro cuando le pillaron.
Recuerdo que le detuvo la policía pero jamás devolvió las esposas. Se echan de menos la vocación y profesionalidad de antes.
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