Sigue sin tener lógica el impresionante y sostenido descenso en gran parte del mundo, incluyendo España, del número de contagios por covid a pesar de que estamos haciendo todo lo necesario para que la enfermedad siga propagándose.
Las autoridades públicas insisten en que es el resultado de que el índice de vacunados haya llegado a un porcentaje bastante alto. Algo que tampoco tiene lógica habida cuenta de que los científicos han insistido hasta la saciedad en que las vacunas no curan la enfermedad, no impiden el contagio ni la transmisión del virus sino que, únicamente, reducen mucho la gravedad para aquellos que padecen los efectos del coronavirus, evitando las hospitalizaciones y reduciendo los síntomas a los de un resfriado común o incluso eliminando todo síntoma.
Lo que nos lleva a concluir que lo que hacen las vacunas es convertir a cualquier inoculado en un potencial asintomático, que puede transmitir la enfermedad a terceros sin enterarse siquiera.
En esas circunstancias y sin olvidar que el 22,6% de la población española no está vacunada, se antoja bastante temeraria la alegría con la que todas las administraciones anuncian constantes reducciones de las restricciones sanitarias, en una especie de alocada carrera para alcanzar a toda prisa esa normalidad que nos lleva a volver a ver gente amontonada en locales y eventos públicos sin observar las elementales medidas de prevención, empezando por la distancia de seguridad y la mascarilla.
Y aun así, los contagios siguen bajando a un ritmo nada desdeñable, como si el virus se hubiera aburrido de matarnos, hubiera decidido hibernar o, tal vez, desactivarse tras cumplir un periodo programado de fastidiar a la Humanidad. Ni tan siquiera aquellas peligrosas nuevas cepas, más agresivas, transmisibles y resistentes a las vacunas, han evitado que los contagios sigan cayendo.
No es lógico.
Todo ello en un entorno de demonización pública de aquellos que, por diferentes motivos, desconfían de estas vacunas; esos nuevos herejes a los que la nueva Inquisición denomina “negacionistas” y a los que se presiona desde todas las instituciones para que renuncien a su libre albedrío y a su desconfianza, y abracen la fe del discurso oficial a pesar de las cada vez más numerosas incongruencias y contradicciones que hay en ese discurso y en la propia gestión y evolución de la pandemia.
Y aunque, como ya hemos dicho alguna que otra vez, la fe consiste en creer porque sí, la evolución de esta pandemia no es lógica.
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