Naciones Unidas ha hecho hoy público su nuevo informe sobre la evolución del cambio climático en el que nos anuncia, de nuevo, el Armagedón si no nos hacemos todos ecologistas de un día para otro, mandamos al desguace el parque móvil tradicional, nos compramos bicis eléctricas y sandalias de esparto.
Bien, con la habitual clarividencia de este espacio, podemos adelantarles que eso no sucederá y que seguiremos contaminando igual o a mayor ritmo cada vez, lo que conducirá irremediablemente, si los científicos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático no se equivocan, al final de la vida en el planeta.
Sin embargo, aunque la predicción resulte algo apocalíptica, no debemos olvidar que la comunidad científica no es unánime a la hora de aventurar lo que va a suceder: Para unos, el cambio climático es parte de la evolución natural y se producirá hagamos lo que hagamos, como las glaciaciones en su momento.
Para otros expertos, el planeta cuenta con suficiente capacidad de recuperación y, con el tiempo y un poco de cuidado por nuestra parte, seguirá siendo habitable, menos habitable, pero habitable.
Es cierto que los científicos que muestran discrepancias con la “versión oficial” del fenómeno climático son los malos de esta película y, junto con aquellos que cuestionan las vacunas contra el coronavirus, están condenados al ostracismo.
No obstante, lo que sí esta claro aplicando las matemáticas es que, en lo que respecta a nosotros, los europeos, lo de gastar gran parte de los 700.000 millones de los fondos de recuperación en proyectos “verdes”, es lo mismo que tirar los billetes sobre algún incendio forestal provocado por el mismo cambio climático.
Teniendo en cuenta la velocidad a la que, según dice el informe de la ONU, aumenta la temperatura media del planeta, la posibilidad de alcanzar algún objetivo mínimamente significativo con esa ridícula cantidad de dinero, que influya en la evolución del clima, no es ni tan siquiera escaso, es nulo.
Ponerse a invertir cientos de miles de millones en coches eléctricos que llevan baterías que duran menos que las del conejito de Duracell, que necesitan varias horas para recargar, fabricadas con materiales enormemente contaminantes, como el litio, en países donde apenas hay puntos de recarga, resulta, sencillamente, una estupidez.
Tecnológicamente, aún estamos a una distancia de años de lograr que exista un transporte viable con emisiones cero. Tanto público como privado. Y aún peor estamos en otros sectores económicos más contaminantes.
Solo una "revolución verde" de las de verdad, de esas que prohíben hoy y ahora, y por la vía represiva, la emisión de CO2, con el cierre en el acto de todo lo que no sea de emisiones cero, podría lograr algún efecto. Si es que, en realidad, se puede hacer algo.
Teniendo en cuenta que esa "revolución" no se va a producir, lo que sí parece claro, según el informe de la ONU, es que ya no nos queda tiempo suficiente.
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