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Viernes, 25 de Diciembre de 2020

Aunque cada 25 de diciembre resulta inevitable el comentario al mensaje de Navidad del rey de España, lo cierto es que casi podríamos reproducir el mismo editorial del año anterior, habida cuenta de que los discursos reales continúan presentando una gráfica prácticamente plana.

La expectación creada ante la posibilidad, estúpida e innecesaria por otra parte, de que don Felipe apareciera arrodillado ante las cámaras fustigándose por los tejemanejes de su padre, dotaba a la Nochebuena de ayer del morbo suficiente como para lograr una cuota de pantalla mayor.

Evidentemente, sobre el discursito hay muy poco que decir: fue el mismo de todos los años y de todos los reyes con la única diferencia de que, en esta edición, tocaba incluir la referencia a la pandemia y al virus. Es muy probable que, en un futuro lejano, tras varios reyes y reinas, aquellos ciudadanos a los que les toque, sigan escuchando el mismo mensaje sobre ese Wonderland en el que siempre ha vivido nuestra familia real.

Volvieron las referencias a las dificultades económicas, al desempleo, a la desigualdad, pobreza, injusticia y demás pandemias que llevan azotando a los españolitos de a pie desde hace dos décadas y que aparecen agravadas de Navidad en Navidad. Lo que inequívocamente indica que, ni el rey ni la clase política, están haciendo el trabajo por el que les pagamos tan generosamente.

Volvieron las vacuas referencias triunfalistas sobre lo de superar los obstáculos, las crisis, los problemas, gracias al carácter solidario de los españoles, a la unidad como nación, a la democracia, a la Unión Europea y a otras chorradas semejantes. Algo que, por cierto, es falso. Tenemos los mismos problemas agravados a pesar de lo magníficos que somos. O tal vez sea por culpa de lo magníficos que somos. A saber.

Ni una referencia de Felipe VI a cualquier asunto que pudiera molestar a un Gobierno vendido a los secesionistas y a aquellos que pretenden derrocar al mismo monarca.

Críticas hoy de algunos políticos a la ausencia de una referencia directa a la actitud corrupta de su padre. Algo fuera de lugar en una clase política estructuralmente corrupta que conocía y transigía, o tal vez incluso participaba, desde hace décadas de la indecente actitud del emérito como representante de la Corona.

Felipe VI repitió anoche el guión de todas las Nochebuenas y volvió a demostrar, como hacen nuestros gobiernos cada legislatura, que esto no es España sino el reino de Wonderland.


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