De no ser porque las circunstancias no invitan a que algo trágico resulte divertido, lo de la conmemoración el pasado martes en el Palacio de El Pardo del 75º aniversario de la entrada en vigor de la Carta de Naciones Unidas, lo habría sido. Incluso cómico.
El acto institucional con el que nuestro país se sumó a la incomprensible celebración se hace, precisamente, en el momento en el que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) está siendo más menospreciada e ignorada por buen número de países miembros, entre los que encuentran, por supuesto, todas las grandes potencias que se reparten la tarta del Consejo de Seguridad.
Es, probablemente, esa homenajeada Carta el origen de la debilidad estructural de Naciones Unidas, al admitir el limitadísimo espíritu democrático con el que nació la heredera de la Sociedad de Naciones, con el reconocimiento de ese lamentable derecho de veto que tienen los miembros permanentes de un Consejo de Seguridad en el que los cinco países más poderosos se aseguraron, hace ya 75 años, que el poder que tenían las restantes naciones representadas en la Asamblea General fuera solo el que no precisaba el Consejo para tener sometida a la ONU.
Y así ha sido desde entonces. A pesar de que en El Pardo, al igual que en las conmemoraciones celebradas en otros países, todos los discurso grandilocuentes se han referido a la importancia de la Organización, al multilateralismo, al espíritu democrático, la igualdad entre países, los derechos de todos los ciudadanos del mundo y otras chorradas similares, Naciones Unidas sigue siendo el fracaso que ya fue el primer día de esos 75 años.
Si bien es cierto que, aunque muchos ven en la institución la viva imagen del fracaso del Derecho Internacional Público, no debemos olvidar que la ONU solo puede ejercer el poder y la autoridad que le conceden los países miembros.
No es culpa de su secretario general el que Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña o Francia, los permanentes en el Consejo, puedan, diciendo “veto”, hacer inútil cualquier iniciativa de todos los países del mundo. Ese derecho, el de veto, fue impuesto en la Carta por las mismas grandes potencias que no creen en la auténtica democracia y aún menos en la igualdad o en la justicia.
Es el mismo derecho que en estos 75 años ha permitido a esos pocos impedir que se paralizaran guerras, abusos, genocidios, limpiezas étnicas y otras atrocidades que han convertido al de veto, en el derecho que más vidas ha costado a la Humanidad.
Eso fue lo que hizo fracasar ab initio a una Organización que, de haber sido debidamente constituida hace 75 años, podría incluso haber llegado a impedir la actual pandemia.
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