Flaco favor le está haciendo Donald Trump a los Estados Unidos al dudar públicamente de la fiabilidad de su sistema electoral, trasmitiendo así la imagen de que la primera potencia mundial puede ser tan bananera como cualquier república del tercer mundo. Sobre todo porque no es cierto y, lo que es peor, el presidente lo sabe.
Trump es consciente de que está mintiendo en un fútil e infantil intento de mantenerse en el poder si, finalmente, no logra ganar las elecciones, cosa que aún no está clara.
Desde luego, las perspectivas favorecen al candidato demócrata, Joe Biden, pero como insisten diariamente todos los expertos, la ley electoral del país es tan peculiar que no permite cantar victoria hasta que el candidato está sentado en el Despacho Oval.
El presidente está sembrando deliberadamente dudas entres los norteamericanos sobre la honestidad de algo tan esencial en el funcionamiento de una democracia como es el sistema electoral, colocando así a su país al mismo nivel de la tan criticada Venezuela. Sus constantes anuncios de pleitear ante la Justicia por los resultados del recuento, antes de que concluya, son indicio de que tiene claro el resultado electoral.
Aunque también son indicio de que el precipitado nombramiento de la juez conservadora Amy Coney Barrett para el Tribunal Supremo, que otorga a los Republicanos una cómoda mayoría en cualquier decisión que adopte este tribunal, puede no ser casualidad.
Siempre es un mal asunto que los gobernantes cuestionen las instituciones esenciales de sus respectivas naciones cuando el viento no sopla en su favor, pero el que lo haga la democracia por excelencia del planeta, preocupa hasta a sus enemigos.
Si Biden finalmente gana las elecciones, es improbable que las maniobras torticeras que pueda estar preparando Trump le sirvan para dar un pucherazo. Las instituciones norteamericanas son demasiado sólidas para sucumbir a las desviaciones megalómanas de un showman como el actual presidente.
Sin embargo, incluso dando por sentado que EEUU sobrevivirá a un mandatario desleal, no podrá evitar un tanto por ciento de descrédito internacional y, lo que es peor, tampoco podrá impedir que muchos norteamericanos empiecen a dudar de sus propias instituciones y de sus gobernantes.
Y esa pérdida de fe es muy difícil de recuperar.
Parece mentira que siendo testigo del espectáculo bananero que están ofreciendo en los últimos años los sucesivos gobiernos españoles y hasta la Jefatura del Estado, Trump sea capaz de hacerle algo así a sus ciudadanos y a su nación.
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