Sin intención de desanimar al Gobierno, a primera vista y habiendo leído únicamente el resumen del documento que ha facilitado el Ministerio de Hacienda, el Plan Presupuestario remitido ayer a la Comisión Europea suena a que vuelve a pecar de excesivo optimismo.
Las metas propuestas por Pedro Sánchez en la mayoría de los capítulos están demasiado lejanas y es más que probable que en Bruselas vuelvan a ver con excepticismo un plan presupuestario que contribuye a que lo de “las cuentas del Gran Capitán” sean algo tan español y peculiar que debería estar protegido por la Unesco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.
Porque, lo cierto, es que no es la primera vez que la Comisión Europea llama la atención a Pedro Sánchez por unos números demasiado difíciles de cuadrar, sujetos a previsiones tan maximizadas que cualquier circunstancia, por insignificante que sea, resulta suficiente para echar por tierra otra enorme estructura presupuestaria asentada sobre palillos de dientes.
Con un nivel de deuda pública previsto del 118,8% para este año, hablar de un aumento del PIB para 2021 que permita reducir un solo punto esa ratio gracias a unos ingresos que crecerán, a juicio de nuestro optimista Gobierno, en unos 33.500 millones de euros por la aventurada reactivación de la actividad económica, supone jugar a la ruleta rusa con 5 balas en el tambor del revólver.
Por otro lado está el importantísimo capítulo de los ingresos previstos vía presión fiscal, porque está claro que la salida de la pandemia, cuando salgamos, no la van a pagar los bancos ni las empresas del Ibex, sino que la pagaremos los curritos y pringados de siempre.
A la tasa Google y Tobin, Hacienda suma la subida del IVA a los refrescos, que pasará al 21%, un impuesto “verde” a los plásticos de un solo uso y las nuevas medidas contra el fraude fiscal, que siguen estando dirigidas al pequeño defraudador para no tener que molestar a los grandes, que suelen ser gente importante e influyente.
Pues aún así, prever que los ingresos por estos capítulos para 2021 van a alcanzar los casi 6.900 millones de euros, va más allá que aceptar “pulpo” como animal de compañía y se convierte en un acto de fe que ni el laicismo europeo ni el sentido común parecen capaces de aceptar.
Sin embargo, con esos números, lo mejor que podemos hacer, quizá lo único, es encomendarnos a la Virgen de Lourdes para que, aún con estas “cuentas del Gran Capitán”, Bruselas, en un arrebato de locura, nos entregue los 140.000 millones prometidos para comenzar la reconstrucción de la economía.
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