Es muy probable que, al igual que nosotros, la mayoría de los que se han visto obligados a tragarse íntegramente el episodio de hoy del “Aló presidente” protagonizado por Pedro Sánchez permanezcan aún atónitos ante la perorata del relato presidencial con el que, asegura, nos va a sacar de esta.
Al margen de la sucesión de estupideces insustanciales del contenido que componían el discurso estilo Walt Disney que ha soltado Sánchez, preocupa ver que el presidente se acerca a un modelo “Trumpiano” al incluir ya escenografía en sus intervenciones.
En esta ocasión hasta con música clásica; el "Himno de la Alegría", interpretado por el pianista James Rhodes, ha abierto y cerrado el aburrido soliloquio de un Sánchez que, de seguir en esta línea, va camino de terminar arengando a las masas a golpe de Wagner.
Y, como suele pasar, una escenografía sobredimensionada precede siempre a un petardo de película. Lo de Sánchez no ha sido la excepción.
El plan del Gobierno para sacarnos de la crisis provocada por el coronavirus a costa de pulirnos la pasta europea, no es más que otra sucesión de tonterías e inconcreciones. Otra enumeración de lo que dice que va a hacer sin explicar cómo lo va a hacer.
No es que todos los objetivos enunciados por el presidente del Gobierno sean una estupidez, la mayoría son, de hecho, un auténtico sueño y, en consecuencia y por definición, irreales.
Lo de que va a crear esos 800.000 puestos de trabajo está muy bien, sobre todo si se sigue el sistema utilizado desde la reforma laboral que contabiliza tantos empleos creados como contratos por horas, días o semanas firma el mismo trabajador para el mismo puesto de trabajo.
Con la basura de mercado laboral creada por la legislación española, ya puede crear 2 millones de empleos que nos iba a dar igual.
El resto de los objetivos son los mismos de siempre: lo de la ecología, sostenibilidad, digitalización, igualdad, redistribución de la renta y plátanos para todos.
Sánchez ha demostrado en este “Aló presidente” que sigue levitando sobre el país, prometiendo cosas tan estúpidas como repetidas sobre el empleo juvenil en una España en la que el mercado de trabajo expulsa a la gente a partir de los 40 años.
O la memez de la igualdad laboral de la mujer a pesar de la maternidad, algo que no sucederá jamás por la sencilla razón de que el exceso de protección y la sobreactuada legislación sobre la conciliación, convierten a posibles padres y madres en empleados caros, poco productivos y aún menos competitivos. En un país sin niños y con un sistema de pensiones en quiebra, lo que hay que hacer es incentivar y premiar la natalidad, sin obligar a optar entre vida personal y profesional.
Por supuesto, el presidente mantiene la obsesión institucional que existe con la digitalización hasta de los cuartos de baño, llevando el 5G a todas partes. Tras este supuesto afán modernizador, solo hay en realidad un objetivo de control sobre el ciudadano, comenzando por permitir al fisco un acceso total a cualquier actividad privada.
A partir del 5G, la desaparición del dinero físico será solo cuestión de tiempo, de poco tiempo, y el dominio orwelliano sobre el ser humano no se limitará a los aspectos tributarios. En defensa de Sánchez hay que reconocer, no obstante, que lo del paraíso digitalizado controlado por un "amado líder" protector es un objetivo común a todos los sistemas políticos occidentales.
Para el “Aló presidente” de hoy habría ido mejor el Réquiem de Mozart.
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