Tras constatarse la existencia de perversos negacionistas que cuestionan, no solo la infalibilidad de las decisiones de los representantes públicos, sino incluso la misma existencia del covid-19, esos mismos poderes públicos han puesto ya en marcha todas sus recursos para acabar con los disidentes.
Incluso periodistas y articulistas de medios de comunicación nacionales se han sumado a la cruzada para terminar con esa corriente que amenaza con convertirse en un cáncer que cuestiona los dogmas establecidos por las infalibles instituciones.
Sin embargo, resulta difícil que esa pequeña legión de negacionistas, conspiranoicos, cuestionadores de verdades absolutas y demás personas que tienen la mala costumbre de preguntárselo todo, no siga aumentando en número y convicción ante la sucesión de torpezas, muestras de ineptitud, falsedades y estupideces procedentes de las mismas instituciones a las que debemos obediencia y fe ciegas.
Podemos hacer un recorrido por la historia de las mascarillas, que pasaron de ser absolutamente innecesarias para convertirse en obligatorias en todo caso, proporcionando pingües beneficios al Estado, que se niega a reducirles el IVA. O recordar cómo han ido cambiando los criterios sobre las formas de contagio, aumentando y reduciendo distancias de seguridad dependiendo de si al virus le apetecía viajar más o menos. Mejor aún lo de aprovechar el río revuelto para pegarle otro bocado al derecho del ciudadano a fumar, esgrimiendo la sandez de que los culpables de este pecaminoso hábito exhalan con mayor fuerza que, por ejempo, el deportista que, a la carrera, pasa junto a ti, sin mascarilla, por el paseo marítimo.
Y el colmo de las sandeces se produjo ayer, cuando Tedros Adhanom, director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), desaconsejó la chorrada de saludarse con los codos porque se rompía la distancia de seguridad de metro y medio.
Es cierto que la OMS, además de parecer financiada por China y Rusia, ha llegado a esta pandemia por casualidad, resultando su papel irrelevante, cuando no contraproducente, como presunta organización encargada de coordinar la respuesta mundial contra la enfermedad. Pero, aun así, preocupa que el director general de la organización salga con tamaña estupidez cuando el contacto es insignificante en superficie y tiempo, y todo el mundo suele hacerlo con mascarilla. Cuenten al día cuántas veces no podemos respetar esa distancia oficializada como segura.
Lo sorprendente, después de tantísimas decisiones equivocadas, consejos contradictorios y prohibiciones estúpidas, es que los “negacionistas” sean tan escasos.
Si bien, hay que admitir que la fe dogmática en las verdades absolutas nos sitúa socialmente dentro del rebaño y permite vivir con toda la comodidad que concede la irrelevancia de la uniformidad.
Comentarios potenciados por CComment