En un principio, muchos creímos que esta pandemia podía traer también algunas consecuencias positivas. Que como todos los grandes momentos traumáticos de la Historia de la Humanidad, podríamos aprender de nuestras debilidades, limitar nuestra arrogancia y reconstruir a partir de las cenizas algo mejor. Nos equivocamos. Somos más estúpidos de lo que parecemos.
Porque lo primero que nos ha demostrado el famoso virus es nuestra impresionante debilidad como especie y lo endeble que es toda esa carísima estructura montada alrededor de dos conceptos: el de Estado y el de economía.
Un bichito microscópico está matando a cientos y cientos de miles de ejemplares de la especie dominante, la que está en el vértice de la cadena alimenticia, la más evolucionada del planeta. La que ni tan siquiera ha tenido luces suficientes para someterse a una cura de humildad y limitarse ha responder: “sí, lo hemos entendido”.
Este mismo virus no ha mostrado con cadáveres el error que supone malvender todo lo público a lo privado, especialmente sectores esenciales como la sanidad, que ha quedado sometida a la ley del mercado, la del máximo beneficio con la mínima inversión.
Llegada la tormenta nos hemos encontrado desprovistos de productos y servicios básicos que dependieron en el pasado de empresas públicas. Las mismas que nuestros gobiernos empezaron a vender a a precio de saldo a sus amiguetes desde que Felipe González se hizo cargo del zoco moruno en que convirtieron España.
Tampoco hemos aprendido. Ni un solo reconocimiento sobre la inmensa cantidad de errores cometidos.
El bichito también nos ha llenado las morgues para enseñarnos que la doctrina del neocapitalismo es una falacia, que la “mano invisible” de Adam Smith fue amputada por el grupo de oligarcas privilegiados que se reparte este nuevo feudalismo en el que el libre mercado y la competencia en condiciones de igualdad jamás han existido.
Por el contrario, el pánico ha dominado a esa oligarquía económica y a los gobernantes que tienen en nómina, e insisten en incrementar la intensidad de sus errores para lograr mayor concentración de renta y mayor injusticia social fabricando pobres, millones de unidades de ellos.
Si bien, el impresionante incremento de las filas de los desheredados está dotando a los parias de un potente ejército. Al fin y al cabo, solo cuando una inmensa mayoría estuvo lo suficientemente desesperada fue posible asaltar el palacio de invierno.
A lo mejor el virus, tras acabar con varios millones de nosotros, resulta que no es nuestro peor enemigo.
O, al menos, que también es enemigo de nuestro enemigo, por lo que, como reza el principio táctico, sería nuestro amigo.
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