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Martes, 18 de Agosto de 2020

Todos los gobiernos del mundo han evitado hacer preguntas cuando China anunció hace unos días que había patentado una vacuna contra el covid-19 que funcionaba, informando incluso de que habían comenzado a probarla en seres humanos el pasado mes de junio.

Según las autoridades chinas, habría sido suministrada a 500 personas, soldados al parecer, con éxito, y aunque aún no ha terminado el proceso que concluirá con su comercialización y la Organización Mundial de la salud (OMS) todavía no le ha dado el visto bueno, Pekín muestra su certeza de que tiene “la vacuna”.

Todo eso está muy bien, pero lo que no cuadran son las fechas. Si los laboratorios chinos comenzaron a probarla en humanos el pasado mes de junio, y teniendo en cuenta que para llegar a esa fase del proceso han sido necesarios años previos de investigación, ¿desde cuándo conocía Pekín realmente la existencia del covid-19?

Incluso aceptando "pulpo como animal de compañía", admitiendo que los científicos chinos lograron en meses lo que se retrasa años, las fechas siguen sin cuadrar. El Gobierno chino no informó oficialmente de la existencia del nuevo coronavirus hasta el pasado 31 de diciembre.

Si a esto añadimos que la OMS, con su tradicional ineficacia burocrática, no declaró la pandemia hasta el 11 de marzo, las fechas aún cuadran menos: los ensayos anunciados por China de esa vacuna en humanos habrían comenzado menos de 3 meses después.

No es imposible, aunque sí improbable, que el presidente Xi Jinping tenga escondidos en sus laboratorios a científicos mágicos que estudiaron con Harry Potter y que, con un par de "meneos" de sus varitas mágicas sobre pócimas milagrosas, lograran la vacuna.

Sin embargo, como ya comentamos meses atrás, este virus tiene táctica y estrategia, muta, se oculta, se retira y contraataca tan pronto nos descuidamos. Además, su principal objetivo no es matarnos sino acabar con nuestra capacidad económica, reapareciendo, rebrotando si lo prefieren, tan pronto como volvemos a poner en marcha las economías occidentales.

Para culminar su eficacia militar, provoca muchísimos heridos, enfermos, carísimos de atender que obligan a un descomunal esfuerzo en recursos.

Evidentemente, hasta ahora no se ha podido demostrar que el covid-19 haya sido fabricado o, al menos, utilizado como un arma, aunque parece evidente que la mili la tiene hecha.

Lo que sí resulta obvio es que nadie fabrica o utiliza un arma biológica sin disponer previamente del antídoto o de la vacuna.


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